La Revolución Rusa y los trabajadores del lenguaje

7 de diciembre de 2017 / Autor: Mario Goloboff / Fuente: Página 12

Todavía se desconoce, o se conoce poco, la enorme influencia que en el campo intelectual de todo Occidente han tenido los trabajadores del lenguaje en Rusia, hacia finales del XIX y hasta albores y bien entrado el siglo XX. Recientemente fallecido, Tzvetan Todorov, “el campesino del Danubio”, como gustaba decirse, fue el introductor y el difusor de estos llamados, sí que peyorativamente, “formalistas” rusos, y fue también en buena medida su continuador, en los estudios teóricos y en las aplicaciones prácticas de las diversas modalidades literarias, que empalmaron con los del estructuralismo creciente en los 60. Con particular éxito y difusión, Todorov dedicó sus primeros trabajos teóricos a las ciencias literarias, la gramática de la narración, la literatura y su significación, la literatura fantástica; analista minucioso y sagaz de textos, se hizo crítico, ensayista, pensador traducido a numerosas lenguas. Heredó genio y versatilidad de aquéllos, los puso de manifiesto, y contribuyó para que influyeran de manera decisiva en las décadas siguientes, más allá de la ciencia literaria, en toda ciencia humana.

Menos llamativa y conocida que las vanguardias pictóricas, plásticas, arquitectónicas, fílmicas, aunque no menos singular y trascendente, la vanguardia literaria y lingüística rusa dejó huellas fundamentales en la producción poética y en el análisis de la lengua y de las formas. Las rupturas de los jóvenes poetas con el Simbolismo trajeron de la mano, además, una exaltación de las “correspondencias” entre las artes, que ya habían apuntado a elaborar los franceses Arthur Rimbaud, Paul Verlaine y Stéphane Mallarmé, entre otros; con la pintura, naturalmente; con la música, como lo manifiestan las tempranas “Sinfonías” de André Biely, quien con Alexandr Blok pertenecía a la segunda ola de los simbolistas y fuera el creador, según Serguei Esenin, de “la obra más genial de nuestro tiempo”; con la arquitectura, y hasta con el recién llegado cinematógrafo, al que Vladimir Maiakovski adjudicaba las cualidades de “conductor del movimiento”, de “innovador de la literatura”, de “destructor de estéticas”.

Aparte de alentar los trasvases propios de los comienzos del siglo entre las distintas producciones, todo ello será también la expresión de un trabajo en común, fundado primordialmente en una similar concepción anti mimética del arte: ya no la realidad que deberá reflejarse en la obra; la obra misma será la realidad. Esta tendencia a la transformación imaginaria del objeto exterior, su borramiento, su entera sustitución, tendencia que terminaría llevando a la abstracción completa en las artes plásticas, se manifestó en obras poéticas también abstractas, con palabras destruidas, cortadas, combinadas, y hasta en un lenguaje transmental, el célebre Zaum’ de los futuristas rusos, una lengua detrás de la lengua, que hace aparecer planos jamás percibidos. La simultaneidad de lo diverso, los desplazamientos, la distorsión de la figura y del espacio alcanzan entonces a la poesía y van destacando algunos elementos (antes ocultados por los llamados “temas”) que hoy asumen un papel fundamental en la consideración de la obra literaria, especialmente el ritmo y los procedimientos de escritura. Los formalistas exploraron el verso y los distintos metros, los fenómenos de “composición”, cómo estaban construidos ciertos relatos clásicos, qué era la historia de la literatura, qué la tradición, qué la evolución literaria…

Obedeciendo también a su propia historia nacional, los críticos y los estudiosos de los fenómenos literarios se sintieron impulsados por ese florecimiento y esa diversificación de la práctica poética. Sus inspiradores fueron, sin duda, los poetas futuristas, y muy especialmente Velimir Klebnikov, “una personalidad magnética, uno de los más grandes poetas del siglo (que) influyó de manera decisiva sobre Maiakovski y Pasternak” (Todorov). Tempranamente, orientaron sus miradas, no hacia los asuntos sino hacia las formas (lo que les valió ese mote de “formalistas” con que hasta hoy son conocidos), y en 1917 fundaron en Petrogrado el Opoiaz (Sociedad para el estudio de la lengua poética), que más tarde colaboraría con el Círculo lingüístico de Moscú. Los integraron quienes a lo largo del siglo fueron quedando como sabios de esta ciencia de la literatura que en muchos sentidos iniciaban: Roman Jakobson (“Ensayos de poética”), Víktor Shklovsky (“El arte como artificio”), Iuri Tinianov (“La noción de construcción”, “Sobre la evolución literaria”), Boris Tomashevski (“Teoría de la prosa”), Viktor Vinogradov (“Sobre las tareas de la estilística”). Tal rechazo de la práctica artística como representación, tal privilegio del significante sobre el significado, coadyuvaron para que el arte moderno alcanzara el desarrollo que hoy conocemos. Y para que otras ciencias, desde el psicoanálisis hasta las matemáticas, se enriquecieran con los aportes de la lingüística y del estructuralismo.

La otra gran fuerza que mantuvo unida a la vanguardia rusa fue su vocación revolucionaria. Distinguida, como otras vanguardias de la época, por considerar que las rupturas estéticas eran “un intento de organizar, a partir del arte, una nueva praxis vital” (Peter Bürger), vio en las revueltas contra el zarismo y en la Revolución de Octubre la concreción de esa posibilidad. Su acalorada y entusiasta participación en la construcción de una nueva sociedad y de una nueva cultura, representaron la razón, el ápice y el drama de estas vidas. Alentados en los primeros tiempos del poder soviético por la inteligente tolerancia de Vladimir Ilich Lenin (quien había visto el nacimiento de Dada desde el departamento de la Spiegelgasse durante su exilio en Zurich, y era enemigo de consagrar oficialmente cualquier corriente estética) y por otros dirigentes revolucionarios, como León Trotsky y Anatoli Lunacharsky, es bastante sabido cómo y por qué se desmoronaron estas estéticas, estas poéticas, estas políticas culturales a la muerte del primero (1924). Unos pocos quedaron trabajando en las sombras, muchos huyeron, otros se suicidaron (entre los más fervientes, “el gigante de la camisa amarilla” Maiakovski y, antes, Esenin, que escribió con su sangre “Adiós, siento enferma el alma. Es tan duro enfrentarme con la gente…”).

Se cerraba así un período fecundo en la producción cultural rusa y se abría, ciertamente, uno de esos capítulos terribles de las siempre dolorosas relaciones entre los artistas y el poder. Por algo, un bien temprano discípulo del Formalismo, Roland Barthes, ha escrito: “Si por un exceso de socialismo o de barbarie, todas las disciplinas menos una debieran ser expulsadas de la enseñanza, es la disciplina literaria la que debería ser salvada, porque todas las ciencias están presentes en el momento literario”.

Fuente:

https://www.pagina12.com.ar/80924-la-revolucion-rusa-y-los-trabajadores-del-lenguaje

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Punto cubano, Patrimonio Cultural de la Humanidad

7 de diciembre de 2017 / Autor: Pedro de la Hoz / Fuente: Granma

El Comité intergubernamental de salvaguardia del patrimonio cultural inmaterial decidió este miércoles aprobar la inclusión del punto cubano o punto guajiro en su lista representativa

Expresión poética y musical enraizada en la identidad  nacional, el punto cubano acaba de ser incluido en la exigente lista de manifestaciones que forman parte del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

La declaratoria tuvo lugar este miércoles en Jeju, Sudcorea, donde sesionó el comité de la Unesco para la revisión de los expedientes presentados por los Estados miembros del organismo multilateral a fin de valorar las más significativas y vigentes prácticas que dan cuenta de las tradiciones culturales de los pueblos y garantizar su protección.

Al evaluar la presentación cubana quedó en evidencia no solo la autenticidad y arraigo de una manifestación originalmente cultivada, con diversas variantes enriquecedoras, en las zonas rurales del país, y extendida luego a los ámbitos urbanos, sino también su  consecuente promoción a escala social en correspondencia con los principios democratizadores que animan la política cultural del Estado revolucionario.

Por definición el punto consiste en una tonada o melodía acompañada por la voz de una persona que canta composiciones poéticas en décimas, improvisadas o aprendidas. La Unesco ponderó su jerarquía como elemento esencial del patrimonio cultural inmaterial cubano, abierto a todos, que propicia el diálogo y expresa los sentimientos, conocimientos y valores de las comunidades que lo practican.

De linaje hispánico, a partir de la transculturación de tonadas y versos  cantados traídos a la Isla por emigrantes españoles, sobre todo canarios y andaluces, el punto comenzó su andadura criolla en el siglo XVIII, de acuerdo con la notable musicóloga Teté Linares, y desde entonces, en continuo crecimiento y expansión, llegó a dominar la vida cultural de los campesinos, con sus melodías y un tratamiento temático que recorre desde la épica hasta el humor.

Acompañaron al punto en su incorporación a la lista del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, la ornamentación de las paredes de las viviendas por parte de las mujeres de Asir (Arabia Saudita), la danza kochari (Armenia), la comida dolma (Azerbaiján), el tejido de esteras de Sylhet (Bangladesh), la feria de la Alasita (La Paz, Bolivia), la  ebanistería de Konjic (Bosnia y Herzegovina), las tradiciones para recibir en marzo la primavera (Bulgaria, Moldova, Macedonia y Rumanía), la música y danza de los guro (Costa de Marfil) y los cantos de trabajo del Llano (Colombia, Venezuela).

Fuente:

http://www.granma.cu/cultura/2017-12-07/punto-cubano-patrimonio-cultural-de-la-humanidad-07-12-2017-00-12-05

¿Fue inevitable el estalinismo?

21 de noviembre de 2017 / Autor: Eric Blanc / Fuente: Viento Sur

Durante casi un siglo, el ascenso del estalinismo en Rusia ha ocultado el proyecto emancipatorio de la revolución de 1917.

Los críticos liberales y conservadores insisten en que este giro de los acontecimientos —el surgimiento de una tiranía política y social tras la revolución y la guerra civil— demuestra que cualquier intento de superar el capitalismo solo conduce a una dictadura brutal. Según el historiador Bruno Naarden, por ejemplo, los “desastrosos acontecimientos tras 1917 mostrarían lo que ocurriría si cualquier Estado y sociedad se condujeran sin la élite burguesa”.

En vista del predominio de estas ideas, es una tarea esencial para los revolucionarios marxistas ofrecer una explicación seria de por qué se perdió la revolución rusa.

El potencial emancipador del poder obrero puede apreciarse desde los primeros meses del gobierno soviético formado en octubre de 1917, así como del Gobierno rojo formado poco después en Finlandia.

Millones de obreros, trabajadores rurales y campesinos tomaron el poder en sus centros de trabajo, comunidades y del Estado. Con el derrocamiento de las viejas autoridades, la participación masiva en todas las facetas de la vida social se extendió a unos niveles sin precedentes. Frente al sabotaje o la deserción de funcionarios públicos y directivos capitalistas, el pueblo trabajador y los marxistas organizados tuvieron que intervenir y hacerse cargo para cubrir el consiguiente vacío. La autogestión de abajo a arriba se convirtió en la norma.

Tras Octubre, los bolcheviques y socialistas radicales impulsaron la extensión de la revolución al resto de Rusia y al extranjero. La Revolución de Octubre era, según ellos, la punta de lanza de la revolución socialista mundial: sin la extensión internacional de la revolución, decían, la revolución rusa estaba perdida.

Aunque los bolcheviques y sus aliados tuvieron un gran éxito en la instauración del poder soviético a lo largo de la Rusia central, sus éxitos en la periferia y más allá del Imperio ruso fueron mucho más desiguales. En el verano de 1918, los gobierno soviéticos de Ucrania, Letonia, Estonia y Bakú —junto con el Gobierno rojo finlandés— habían sido derrocados por los esfuerzos combinados del Gobierno alemán, las burguesías locales y los socialistas moderados.

Esta incapacidad de romper el cordón sanitario del imperialismo en la periferia de Rusia facilitó que se desarrollara una guerra civil prolongada y devastadora que tuvo lugar principalmente en las fronteras del antiguo Imperio zarista.

En poco tiempo, el impulso de la revolución hacia la democratización de la vida social y política fue revertido en el contexto de la guerra civil, la intervención de numerosos poderes extranjeros —incluyendo Estados Unidos— y el colapso económico. Debe tenerse en cuenta, también, que los bolcheviques heredaron un país que estaba ya al borde de la desintegración.

Observando el cerco imperialista de Rusia, el agravamiento del desastre económico y el sabotaje activo de los capitalistas y la intelligentsia, en noviembre de 1917 los bolcheviques de Bakú concluían que “ningún otro gobierno, en ningún lugar, ha tenido que trabajar en unas condiciones tan complejas y difíciles”.

A lo largo de 1918, también colapsó la industria. Las conexiones entre la ciudad y el campo quedaron hechas añicos, el hambre, la enfermedad y la desmoralización se extendieron como una plaga. Las condiciones en el antiguo Imperio zarista se convirtieron en algo catastrófico, casi imposible de describir, haciendo que incluso las crisis del periodo anterior parecieran menores por comparación. La democracia obrera apenas podría sobrevivir, menos aún florecer, en un contexto semejante.

Como ejemplo de una descripción contemporánea honesta, consideremos la siguiente carta escrita en julio de 1918 por Yakov Sheikman, un líder bolchevique de 27 años de Kazán, una ciudad industrial a orillas del Volga con una fuerte influencia musulmana. Temiendo que pronto moriría en la batalla, Sheikman escribe lo siguiente a su hijo pequeño, explicando la trayectoria de la lucha por la que se juega la vida:

“Así que, querido Emi, estamos rodeados. Quizá tenga que morir. El peligro nos acecha en todo momento. Por eso he decidido escribirte… Te puedes imaginar lo difícil que ha sido todo [tras Octubre], puesto que, simultáneamente, hemos tenido que construir, derribar y defendernos de nuestros enemigos a los que no les faltaba un odio terrible contra nosotros. Todo el país estaba inmerso en las llamas de la guerra civil…

“La burguesía y sus subordinados nos tienden emboscadas. El sabotaje adopta formas increíbles y alcanza proporciones colosales. La intelligentsia, que había apoyado a la burguesía sin protestar, no quería servir a la clase obrera. Por si esto no fuera suficiente, se unió en una alianza con la burguesía contra la clase obrera…

“La contrarrevolución golpeó dolorosamente a la Rusia soviética. Pero el poder soviético rechazó los golpes que le caían de todas partes y pronto estuvo a la ofensiva. Donde nuestros enemigos prevalecían, no había piedad para nosotros. Pero tampoco nosotros mostramos piedad”.

En un contexto así, el proceso de democratización político y social quedó rápidamente subordinado —desde abajo y desde arriba— a los esfuerzos militares para derrotar a la contrarrevolución y a la lucha desesperada por alimentar a las ciudades y al joven Ejército Rojo.

Todo se orientó hacia la supervivencia política —resistir todo lo posible hasta que el surgimiento del poder obrero en Occidente abriera nuevos horizontes políticos—. A lo largo del antiguo Imperio zarista, la autogestión se hundió en el autoritarismo y la burocratización. Observando esta dinámica, Sheikman lamentaba que “hay mucha miseria en los oficiales soviéticos (no todos son así, por supuesto, pero sí muchos)”.

Una comparativa en todo el Imperio arroja luz sobre el peso de las desesperadas circunstancias sociales sobre la política.

Los que defienden la idea que el giro dictatorial de la Revolución rusa fue debida al supuesto autoritarismo innato de las políticas de Lenin y los bolcheviques tendrían que explicar por qué sus rivales políticos —incluyendo liberales rusos y no rusos, nacionalistas, socialistas moderados y anarquistas— recurrieron igualmente a métodos antidemocráticos cuando afrontaron las condiciones de la guerra civil y amenazas políticas similares a su gobierno.

En su reciente estudio sobre el socialismo libertario en Rusia, el historiador ruso Vladímir Sapon concluye que la derrota de la democracia soviética estuvo determinada ante todo por el catastrófico contexto objetivo de finales de 1918:

“Esta idea la confirma el hecho de que en las áreas donde los anarquistas y neopopulistas de izquierda consolidaron su hegemonía política en el período del primer gobierno soviético, estaban no menos inclinados hacia la dictadura de partido que los bolcheviques a nivel de toda Rusia”.

La experiencia del breve Gobierno rojo finlandés fue similar. Los líderes socialistas de Finlandia siguieron vinculados incuestionablemente al tradicional apoyo del marxismo ortodoxo al parlamentarismo, el sufragio universal y la libertad política.

Como ocurrió durante las primeras semanas del poder soviético en Rusia central, el Gobierno rojo finlandés evitó al principio los métodos dictatoriales y tuvo una actitud magnánima hacia sus rivales políticos. Seria difícil encontrar una constitución más democrática que la adoptada por los marxistas finlandeses tras asumir el poder en enero de 1918.

Pero aunque los socialistas finlandeses siguieron defendiendo su teoría y objetivos democráticos, la dinámica de una guerra civil brutal —y una contrarrevolución despiadada— les obligó a recurrir a prácticas autoritarias.

El primer paso en esta dirección fue el de clausurar y prohibir la prensa no socialista a principios de febrero. Poco después, se prohibieron también los periódicos obreros moderados que no habían apoyado la insurrección de enero y el nuevo Gobierno rojo.

A diferencia de la Rusia soviética, el Gobierno rojo finlandés fue un Estado de partido único desde el principio hasta el final, puesto que el resto de partidos finlandeses se negaron a reconocer su legitimidad. Aunque el número de víctimas palidecen comparadas con las de los blancos, se desató un violento Terror Rojo contra la burguesía y los contrarrevolucionarios, acabando con 1 500 vidas.

En el espacio de tiempo de unos pocos meses, el nuevo gobierno se empezaba a parecer cada vez más a una dictadura militar. El 10 de abril, en un desesperado último intento de contrarrestar las recientes derrotas militares, el Gobierno rojo se reorganizó bajo un mando militar hípercentralizado en el que se le dio al líder socialista Kullervo Manner una autoridad dictatorial personal. La prensa socialista finlandesa afirmaba: “La guerra es la guerra y tiene sus propias leyes y necesidades que no coinciden con las necesidades de la humanidad”.

A pesar de la evolución cada vez más autoritaria de los regímenes dirigidos por radicales por todo el antiguo Imperio zarista, tiene poco sentido igualar a los bandos contendientes en la guerra civil. Los métodos dictatoriales podían estar, y estaban, dirigidos a preservar o derrocar órdenes sociales antagónicos.

Sin embargo, al señalar la influencia decisiva del contexto objetivo en el ascenso de un militarismo autoritario en todos los bandos de los sangrientos conflictos de este período, no quiere decir que se niegue que los bolcheviques y los socialistas finlandeses tomaron decisiones cuestionables después de 1917.

Una no menor fue la tendencia de los bolcheviques a racionalizar teóricamente muchos de las medidas dictatoriales ad hocobligadas en el contexto de la guerra civil. Aunque este método de codificación ideológica puede haber sido útil para ganar las batallas de aquel momento, le hizo sin duda mucho más difícil políticamente a los líderes y cuadros del partidos desafiar de forma eficaz a la burocracia tras el fin de la guerra civil en 1921.

Sería erróneo exagerar las posibilidades de democratización en 1921, puesto que para entonces la burocratización del partido y del Estado estaban ya profundamente avanzadas. Además la alienación creciente del régimen político y de los bolcheviques respecto de amplios sectores de la población —que incluiría también a gran parte de la clase obrera— durante la guerra civil dejaba para entonces muy poco espacio a una democracia soviética en una Rusia aislada.

¿Era posible otro camino? Como en los años previos, la suerte de la revolución rusa dependía de forma crucial dela revolución internacional.

Como habían predicho los bolcheviques desde el estallido de la I Guerra Mundial en 1914, una ola revolucionaria recorrió realmente Europa y el mundo en respuesta a la Revolución Rusa.

El Estado Mayor alemán lamentaba que “la influencia de la propaganda bolchevique entre las masas es enorme”. Al otro lado del globo, el revolucionario mexicano, Ricardo Flores Magón, exclamó en marzo de 1918 que la ruptura anticapitalista en Rusia “tiene que provocar, quiéranlo o no lo quieran los engreídos con el sistema actual de explotación y de crimen, la gran revolución mundial que ya está llamando a las puertas de todos los pueblos”.

En muchos países, el capitalismo se tambaleaba y estuvo al borde del abismo hasta 1923. Aunque hoy se asume normalmente que la orientación de los bolcheviques hacia la revolución mundial era utópica, el estallido de posguerra amenazó realmente con derrocar el orden internacional burgués.

Por ejemplo, la reciente monografía de Brian Porter sobre Polonia, a diferencia de la mayoría de trabajos académicos, cuenta con exactitud la profundidad del desafío anticapitalista:

“Las viejas normas políticas, sociales y económicas quedaron descreditadas y destruidas. Hoy llamamos a lo ocurrido en 1917 “la Revolución Rusa”, pero en aquel momento parecía haber una posibilidad real de que pudiera ser la revolución, el momento de destrucción creativa que derrocaría los viejas centros de poder e introduciría un orden mundial totalmente nuevo».

La radicalización política, las huelgas y motines barrieron país tras país en Europa y en el mundo colonial. Las revoluciones de obreros y soldados derrocaron los viejos regímenes en Alemania y Austria en noviembre de 1918. Poco después, los marxistas radicales asumieron brevemente el poder en Persia, Bavaria y Hungría. Los obreros revolucionarios y socialistas estuvieron peligrosamente cerca de derrocar el gobierno capitalista en Polonia (1918-19), Austria (1919), Italia (1919-20), Alemania (1918-23) y en otros países.

El hecho de que el capitalismo sobreviviera al final a esta ofensiva revolucionaria no era inevitable. La clase obrera no carecía de voluntad de transformar radicalmente la sociedad.

Pero estas aspiraciones quedaron bloqueadas, por encima de todo, por las direcciones de los socialistas moderados: cuando los obreros entraron en acción, las burocracias socialdemócratas y sindicales trataron de restaurar el orden a cualquier precio. No carecía de fundamento las declaraciones del líder bolchevique Grigori Zinóviev en 1920: “Mirad al resto del mundo. ¿Quién está salvando a la burguesía? ¡Los llamados socialdemócratas!”

Aunque los primeros comunistas cometieron ciertamente errores importantes que lastraron su capacidad de vencer a las fuerzas del reformismo oficial, la culpa de la derrota de la ola revolucionaria de 1918-1923 debe dirigirse, primero y ante todo, hacia aquellos líderes del movimiento obrero que apuntalaron y respaldaron de forma activa a sus Estados capitalistas tras la guerra.

Por citar al ala izquierda del Partido Socialista de Polonia: “se llaman socialistas y en realidad toda su actividad está dirigida contra el socialismo”. A finales de 1923, los líderes socialistas defensores del colaboracionismo de clase habían desactivado efectivamente la conflagración revolucionaria europea en Alemania y por toda Europa.

Los indiscutibles esfuerzos de los moderados para frenar el impulso de la clase obrera hacia una ruptura anticapitalista aislaron al sitiado gobierno obrero y campesino en Rusia.

Este resultado, sin embargo, no estaba predeterminado. País tras país, los radicales estuvieron cerca de superar a los moderados y liderar a los trabajadores al poder. Teniendo en cuenta el muy frágil control del poder que tenía la burguesía, muchas decisiones, acciones y desarrollos políticos, posibles pero no realizadas, podrían haber sido suficientes para haber llevado la historia mundial por un camino muy distinto tras 1917.

Aprendiendo las lecciones de esta historia inspiradora y trágica, los revolucionarios socialistas podrán prepararse mejor para las importante luchas del futuro.

12/10/2017

https://socialistworker.org/2017/10/12/was-stalinism-inevitable

Fuente:

https://vientosur.info/spip.php?article13134

URSS: ¿Fue un sistema socialista? ¡En absoluto!

21 de noviembre de 2017 / Autor:  Denis Paillard / Fuente: Viento Sur

Con el título Rusia/URSS/Rusia el libro de Éditions Page DeuxÉditions Syllepse reúne ocho textos de Moshe Lewin* (en adelante M.L.). Seis de estos textos, redactados a comienzos de los años 90, fueron publicados en inglés en una recopilación con el mismo título Russia/USSR/Russia (The New Press, 1995)< 1/. En el anexo se puede encontrar un texto de síntesis sobre la represión y los campos de concentración. Como indica el título, no hemos querido centrar esta recopilación en el año 1917 y la Revolución de Octubre, sino tratar de la historia de los setenta años en que existió la URSS, desde el acontecimiento fundador de Octubre 1917 a la implosión del sistema al final de la Perestroika. Para M.L., historiador, el hecho de focalizar todo en Octubre 1917 y la revolución victoriosa dirigida por el partido bolchevique suele ser indicio de un desinterés por los acontecimientos que le siguieron, en beneficio de discusiones sin fin sobre la naturaleza del régimen surgido de Octubre −esta ignorancia o este desinterés por la historia de estos setenta años se suele traducir, tanto en la derecha como también en la izquierda, en el recurso generalizado al término “totalitarismo” para caracterizar al régimen.

¿Qué es la URSS?

Lo que está en juego en los debates sobre la naturaleza del régimen soviético es la cuestión del comunismo: ¿fué (o no) la URSS un país comunista?

Para la burguesía, sus ideólogos y sus historiadores, la respuesta no tiene ambigüedad: URSS = comunismo = estalinismo = Gulag. Esta ecuación pretende descalificar de una vez por todas la idea de una alternativa al capitalismo y, en esta perspectiva, la desaparición de la URSS significaría también de una vez para siempre el “final del comunismo” 2/. Se puede citar en Francia, entre otros muchos, a François Furet, André Glucksmann y a los autores del Libro negro del comunismo. El impacto del Libro negro del comunismo fue considerable. Jean Pierre Garnier, en un artículo de Le Monde Diplomatique(enero 2009), menciona incluso la organización de un debate con S. Courtois en la Federación anarquista (sic).

Esta ecuación URSS = comunismo se encuentra también, con una simple inversión de los signos, entre quienes consideran que el comunismo se realizó en la URSS, aunque por lo general con una reserva importante: sólo en los tiempos de Stalin. Esta tesis, muy defendida en el pasado en el movimiento comunista, sigue teniendo defensores hoy día: se puede citar a Domenico Losurdo y su libro Stalin. Historia y crítica de una leyenda negra (Éditions Aden, Bruselas, 2011); la obra de dos miembros del PC americano, Roger Keeran y Thomas Kenny El socialismo traicionado, Las causas de la caída de la Unión Soviética(publicado en francés por ediciones Delga); y Ludo Martens [dirigente del PTB belga], autor del libro Otro Stalin, uno de los pocos autores que reivindica y justifica totalmente el exterminio por Stalin de la vieja guardia bolchevique, lo que le lleva a citar como dirigentes bolchevique en 1917 (además de Lenin y, por supuesto, Stalin) a Molotov, Zhdanov y Malenkov (!).

La cuestión de la naturaleza de la URSS se vuelve más compleja cuando se cuestiona la relación entre la URSS y el comunismo, y más en general con el socialismo 3/. Se pueden distinguir tres grandes posiciones. Para los defensores de la teoría del capitalismo de Estado 4/, la opresión de los trabajadores bajo Stalin significa que el régimen no se podía asociar en ningún caso con el socialismo. La segunda posición, reflejada recientemente en el libro de Roger Martelli ¿Qué queda del Octubre ruso? (Éditions du Croquant, 2017) considera, con más o menos reservas, que la URSS tiene relación con el comunismo. Según Martelli, la URSS (incluido el período estalinista) simboliza la forma dominante del “comunismo en el siglo XX“. La tercera posición tiene su origen en la obra de Leon Trotsky La Revolución traicionada 5/. Al caracterizar a la URSS como un Estado obrero burocráticamente degenerado, Trotsky define a la sociedad soviética como una sociedad en transición entre el capitalismo y el socialismo, cuestión que deberá ser resuelta en un sentido (vuelta al capitalismo tras una contrarrevolución burguesa) o en el otro (construcción de una sociedad socialista con la eliminación de la burocracia). El estallido del sistema soviético ha zanjado la cuestión: Rusia es hoy día un país capitalista sin que por ello se pueda hablar de “contrarrevolución”6/.

Se suele recurrir a caracterizaciones en términos de “socialismo existente” o incluso de “socialismo real” [una fórmula aparecida inicialmente en la RDA: “real existierender Sozialismus”] para destacar lo que sería la ambivalencia del sistema (sin definir por ello en qué sentido hablar de socialismo en el caso de la URSS, a no ser como forma de señalar que no era capitalista). Como veremos más en detalle, M.L. tiene una posición muy categórica en esta cuestión de la relación de la URSS con el socialismo: “¿Era un sistema socialista? En absoluto. El socialismo consiste en que los medios de producción son propiedad de la sociedad y no de una burocracia. El socialismo siempre ha sido concebido como una profundización de la democracia política, y no como su rechazo. ¡Seguir hablando de “socialismo soviético” es un verdadero despropósito! Es sorprendente que el debate sobre el fenómeno soviético se haya hecho, y se siga haciendo, en estos términos. Si delante de un hipopótamo alguien insistiera en que se trata de una jirafa, ¿se le concedería una cátedra de zoología?” (El Siglo soviético)7/.

Estas distintas posiciones sobre la naturaleza de la URSS, por contradictorias que sean, tienen en común el hecho de considerar como un todo 8/ los setenta años en que ha existido la URSS, donde sólo opera la cuestión de la naturaleza del sistema político y económico establecido tras la revolución de Octubre, sin tener en cuenta a la sociedad, su evolución en el plano social, nacional y cultural, ni las complejas relaciones que se desarrollan entre esta sociedad y el poder. Esta cuestión conduce a un atolladero cuando se abordan las razones del estallido de la Unión Soviética en base a sus propias contradicciones: el sistema se hundió sin que hubiera ni oposición interna organizada ni agresión procedente del exterior. Para M.L., el hundimiento del Imperio soviético se explica en lo fundamental por el divorcio entre un poder burocrático totalmente esclerotizado y la emergencia desde los años 60 de una sociedad de dominante urbana y educada (sobre este punto, cf. más adelante). El otro factor que interviene de manera central en los debates sobre la naturaleza de la URSS es la gran interferencia entre la cuestión de la URSS como tal y la situación del movimiento obrero a escala internacional: a lo largo de todo el siglo XX, la existencia de la URSS y la referencia a Moscú fueron decisivas y sobredeterminaron los debates y las orientaciones del movimiento obrero en los diferentes países y continentes 9/.

El enfoque desarrollado por M.L. en esta recopilación y en otros textos (comenzando por El Siglo soviético), introduce una doble ruptura respecto a estos debates: por una parte, la historia de la URSS no es lineal, está hecha de continuidades y de discontinuidades, de fases dinámicas y de momentos de crisis, en los que se recrea la cuestión del régimen; por otra parte, para M.L., ya lo hemos dicho, la URSS no era un país socialista.

Continuidades y discontinuidades en la historia de la URSS

M.L. considera que es crucial distinguir diferentes períodos y su encadenamiento para comprender lo que fue ese “continente desaparecido”. Los recordamos brevemente, remitiéndonos para más precisiones a los textos de M.L.

─ La revolución de Octubre fue una auténtica revolución dirigida por un partido revolucionario, el partido bolchevique. A su vez, en cuanto a lo que está en juego en 1917, es importante considerar lo que escribió Trotsky al comienzo de la primera parte de la Historia de la Revolución rusa: “La ley del desarrollo desigual y combinado −en el sentido de una combinación singular de elementos de atraso y de factores totalmente nuevos− se presenta ante nosotros en su forma más acabada y por ello mismo nos da la clave del principal enigma de la revolución rusa. Si la cuestión agraria, heredera de la barbarie de la historia de la antigua Rusia, hubiese sido resuelta por la burguesía, si hubiese sido resuelta entonces, el proletariado ruso no habría llegado en ningún caso al poder en 1917. Para que se creara el Estado soviético, hizo falta la convergencia y la interpenetración de dos factores de naturaleza histórica totalmente diferente: por un lado, la guerra campesina, característica de los comienzos de la era burguesa, por otro un levantamiento proletario, un movimiento que marca el declive de la sociedad burguesa. En esto consiste el año 1917” 10/.

── La Guerra civil (1918-1922) consagró la victoria de los bolchevique, pero las enormes destrucciones ocasionadas por esta guerra y el aislamiento del nuevo Estado en ausencia de revoluciones en el Oeste significaron un cambio de perspectiva en la construcción del nuevo Estado, con el período de la Nueva Política Económica (NEP). Como escribe Pierre Rolle, “La realidad del comunismo de guerra es la guerra” 11/. Ver en esta recopilación el texto La Guerra civil. Dinámica y consecuencias.

── Para M.L., la NEP fue un período relativamente tranquilo de reconstrucción, señalado en diferentes textos de la recopilación; viene marcado por la toma de control del partido y del aparato de Estado por Stalin, con la derrota de las diferentes oposiciones, la Oposición de izquierda y la llamada Oposición de derecha de Bujarin.

── El período estalinista va de finales de los años 1920 a la muerte de Stalin en 1953. M.L. insiste en la necesidad de no convertir al término estalinismo en un término genérico para designar a la URSS, sino en reservar el término para designar el período en que Stalin está en el poder. Además, recalca que es necesario distinguir entre el estalinismo dinámico de los años 30 (colectivización, industrialización a marchas forzadas, terror y grandes procesos) y un estalinismo en crisis en los años de postguerra −sobre este segundo período, nos remitimos al capítulo 12 titulado Final de partida, en la segunda parte de El Siglo soviético. En cuanto al período de guerra, significó el ascenso potencial de la burocracia de Estado, muy vejada y reprimida por Stalin en los años 30: es la que aseguraba el funcionamiento del país. En cuanto a Stalin, aunque generalísimo, nunca corrió el riesgo de ir al frente 12/.

── Los años 1950-1960 hasta la eliminación de Jruschov en 1964 estuvieron marcados por el XX Congreso del PCUS, con la denuncia (parcial) del período estalinista, un período de reformas y de liberalización relativa del régimen. En su libro Political Undercurrents in Soviet Economic Debates (Pluto Press, 1974), M.L. se refiere a los debates sobre los problemas económicos (se reflejan en distintos textos de la recopilación), pero también al nuevo rostro de la sociedad soviética, de mayoría urbana y educada, y a su relación con un poder cada vez más desconectado de la realidad: “Para un observador atento, no es difícil distinguir toda una gama de opiniones diferentes, políticas, religiosas, nacionalistas, autoritarias, democráticas, liberales y fascistas, por no hablar de diferentes corrientes éticas y filosóficas. La ideología oficial es desde luego compartida por algunos, aunque en general sólo ofrece estereotipos utilizados de manera puramente formal en ocasiones solemnes, en su mayor parte sin relación alguna con la realidad. Se puede formular la hipótesis de que, bajo las apariencias de una proclamada homogeneidad política, existe en la sociedad rusa una realidad política subterránea, formando potencialmente e incluso desde ya mismo un amplio espectro de opiniones”. Y añade: “Es un hecho que el partido en sus tomas de posición oficiales ha manifestado sensibilidades políticas poco ortodoxas, y estas opiniones sólidamente instaladas se pueden ver en el creciente papel del nacionalismo [gran ruso], a veces bajo una forma virulenta”.

── El período de estancamiento (fin de los años 1960 – 1986) siguió a la depuración de Jruschov (1964) y vio la llegada al poder de Leonid Brezhnev. Este período estuvo marcado por la voluntad de acabar con los debates sobre la urgencia de reformas económicas y por mantener a cualquier precio un monolitismo de fachada 13/. Refiriéndose al Plenario del Comité Central de diciembre de 1969, M.L. escribe: “El plenario suprimió importantes aspectos de las reformas económicas, si no ya su propia alma, y las sustituyó por llamamientos a la disciplina. Había que reforzar los controles y la implicación del partido, y se presentaron las políticas de movilización a iniciativa del partido como la única respuesta a las dificultades y a los disfuncionamientos crecientes de la economía”. Y añade: “La obsesión del partido por querer conservar todas las cartas en sus manos dificultó el juego”. De hecho lo hizo imposible. El sistema quedó poco a poco bloqueado y acabó por estar totalmente paralizado. Estas cuestiones se abordan en el texto Informe de autopsia y en la parte III de El Siglo soviético, capítulos 6 y 7.

── La perestroika y el final de la URSS (1986-1991). Como ya hemos indicado antes, la URSS se hundió bajo el peso de sus propias contradicciones, a causa de un divorcio entre un poder burocrático, obstinado en no reformarse, y una sociedad que se había vuelto urbana y educada. En El Siglo soviético, M.L. escribe: “El poder ha perdido esta capacidad [para abordar reformas en todos los planos], lo que le ha llevado a una serie de paradojas: el partido estaba despolitizado, la economía burocratizada estaba gestionada y controlada por una burocracia más atenta a conservar su poder que a hacer avanzar la producción, más preocupada en preservar confortables rutinas que en desarrollar la creatividad y la innovación tecnológica (…). En resumen, una verdadera fórmula mágica para que el sistema deje de funcionar”. Y lo formula de manera lapidaria: “Un sistema económico sin economía, un sistema político sin política” 14/.

Esto es lo que escribe Galina Rakitskaja sobre el período 1989-1991: “En 1989-91, la movilización de fuerzas sociales en Rusia (y en general en la URSS) tomó la forma de una revolución antiburocrática y democrática (…). La derrota en agosto de 1991 de los miembros de la nomenklatura que habían intentado oponerse al más alto nivel a dichos cambios [se trata del intento de putsch de las fracciones duras de la burocracia en agosto de 1991. D.P.] debería haber abierto la vía de las transformaciones democráticas, respondiendo a los intereses de la mayoría de la población. En realidad, los políticos liberales radicales, tras haber consolidado su poder, emprendieron reformas dirigidas contra el pueblo, siguiendo el modelo de la terapia de choque15/. Refiriéndose a la privatización salvaje de la casi totalidad de la economía, M.L. habla del mayor “atraco del siglo”

── Otro punto en que M.L. insiste en muchas ocasiones, como lo subraya el título de esta recopilación, es que no se puede separar el período soviético de la Rusia anterior a 1917 y posterior a 1991. Aborda la cuestión en dos textos: Rusia / URSS en el movimiento de la historia. Un intento de interpretación y Rusia entre reformas y marginalización. Se refiere sobre todo a dos cuestiones. En primer lugar, la cuestión campesina: en 1917, los campesinos representaban casi el 90 % de la población. Para dar cuenta de este peso del campesinado, M.L. habla de la “conexión agraria” e insiste mucho, sobre todo en Rusia/URSS en el movimiento de la historia. Un intento de interpretación, en que esta “conexión agraria” ocupa un lugar central hasta final de los años 1930. Nos referirnos también a la cita de Trotsky antes señalada. La otra cuestión es la permanencia del nacionalismo gran-ruso, que atraviesa toda la historia de la URSS, ya se trate del debate que enfrentó a Lenin y a Stalin en el momento de la creación de la URSS, de la celebración por Stalin de la Santa Rusia y los zares autócratas (el propio Stalin se consideraba un autócrata), y también la existencia de corrientes nacionalistas rusas muy activas dentro del aparato del partido-Estado desde los años 1960. Esta cuestión es abordada en detalle en el texto Nacionalismo de nuestro tiempo. El caso de Rusia 16/.

La URSS y el socialismo

En el texto El Socialismo soviético. Un error de etiquetación, M.L. desarrolla con amplitud esta idea: a no ser que se confunda “socialización” con “nacionalización-estatización” de la economía, no se puede hablar de “socialismo” en la URSS; lo que le lleva a cuestionar la idea de que “no capitalista” signifique mecánicamente “socialista”.

Antes de 1917, teniendo en cuenta el peso del campesinado, Rusia era una sociedad precapitalista, con un sector capitalista en vía de desarrollo rápido, pero muy dominado por el capitalismo europeo. Al final del texto El Socialismo soviético, haciéndose eco de la cita de Trotsky sobre la revolución rusa, escribe:

“Si algún día emergiera una economía de mercado estable en la ex−URSS, podríamos concluir que el papel del período soviético ha consistido en realizar aquello en lo que el capitalismo ruso fracasó de partida: hacer nacer una sociedad industrial, urbana y educada, capaz de integrarse de verdad en el sistema económico actual. Esto marcaría el cierre de un ciclo y no la apertura de una nueva época en la historia de la humanidad”.

Y un poco antes de este pasaje, haciéndose eco de los debates sobre la naturaleza de la URSS, escribe:

“Aunque tenemos algunas dificultades en caracterizar el sistema soviético, no tenemos en cambio ninguna duda sobre lo que era y lo que no podía ser. Por eso los slogans que han proliferado (aunque hoy se vuelven más discretos) afirmando que el hundimiento de la Unión Soviética habría significado “la muerte del socialismo y del marxismo”, no son más que ideología “pura” y sólo pueden inducir a error. El socialismo, como ideal que pretende más democracia y una ética social exigente, nunca ha existido como sistema en ningún sitio. El sistema soviético, un sistema más bien atrasado, no presentaba ninguna de las características del socialismo. El régimen que se hacía llamar soviético, y hasta comunista, pertenece a la clase de formaciones sociales que combinan “subdesarrollo” y “estatismo”, es un caso particular de poder burocrático”.

En este texto (y también en el último capítulo de El Siglo soviético), M.L. no aborda sólo de un modo negativo la cuestión de la naturaleza del sistema soviético. En relación directa con la necesidad de distinguir diferentes períodos en la historia de la URSS, propone dos caracterizaciones distintas, una para el período estalinista, la segunda para el período post-estalinista, aunque insiste en que estas caracterizaciones no reflejan plenamente la singularidad del sistema. Sólo pretenden destacar una característica esencial. Para el período estalinista, propone hablar de “despotismo agrario”, dado el lugar que ocupa la conexión agraria. Para el período post-estalinista, defiende la idea de un “absolutismo burocrático”.

El chovinismo gran-ruso y la burocracia

En el debate sobre el lugar de las nacionalidades en la URSS en formación, el 6 de octubre de 1922, Lenin hizo pasar a Kamenev una nota donde escribió: “Yo declaro la guerra, no una pequeña guerra, sino una guerra a vida o muerte al chovinismo gran-ruso”. Y calificaba a Stalin (y a Ordzhonikidze) de “brutos gran-rusos”. El chovinismo gran-ruso denunciado de forma tan violenta por Lenin se convertirá, al cabo de los años, en una componente esencial de la ideología del poder bajo Stalin; sobre todo después de la Segunda Guerra mundial, y también durante el período post-estalinista.

El conflicto entre Lenin y Stalin sobre la cuestión de las nacionalidades es muy conocido tras el libro de M.L. El Último combate de Lenin, aparecido en 1967 [editado en castellano en 1970, Lumen]. En El Siglo soviético, en base a nuevos documentos aparecidos después de la perestroika, M.L. retoma la cuestión (1ª parte, cap. 2, Autonomías vs. Federación 1922-23). En fin, en el texto Nacionalismo de nuestro tiempo. El caso ruso, a la vez que vuelve a este período clave de la formación de la Unión Soviética, amplía la cuestión a toda la historia soviética. El término derzava, heredado del período zarista 17/ y que designaba a un estado fuerte y poderoso, se va imponiendo como una referencia positiva para designar al Estado soviético, aunque para Lenin, como lo recuerda M.L., derzavnik era una expresión absolutamente negativa, utilizada en su polémica con Stalin “para designar al partidario de un nacionalismo ruso opresor y brutal”. Esta conversión de derzava de término negativo en término positivo para designar al Estado, revela los cambios radicales que operan en la ideología de los dueños del Kremlin.

El texto Ego y política. La autocracia estaliniana analiza ampliamente dos componentes del estalinismo, la política de terror y la celebración de Rusia como derzava, esto es una Rusia que siempre ha sabido resistir y vencer a sus enemigos. Una componente central del terror estaliniano fue la fabricación sistemática y a gran escala de enemigos. A la pregunta “¿cuál era la lógica de esta fabricación sistemática de enemigos?”, M.L. responde: “Es la lógica de un hombre con inmensos poderes que inventaba [subrayado nuestro, D.P.] hordas de enemigos sin fin, tenía tanta necesidad de ellos que los fabricaba a voluntad para probar que estos enemigos existían y eran vencidos y castigados por una policía secreta”.

Esta fabricación de enemigos de todo género conocerá una nueva orientación después de la guerra con el resurgimiento del nacionalismo gran-ruso y su corolario, el antisemitismo. Este giro es indisociable de la manera como Stalin fue fabricando su propia leyenda, en tres etapas, en ruptura con la herencia bolchevique. La primera etapa corresponde a la toma de control por Stalin del partido y del aparato de Estado con la eliminación sucesiva de las diferentes oposiciones (años 20). La segunda corresponde al exterminio físico de toda la vieja guardia bolchevique (años 30). La tercera es la afirmación de un poder absoluto, en ruptura total con el período revolucionario y en continuidad con la autocracia zarista. «Para Stalin, el hecho de subrayar las afinidades de su régimen con el Imperio y de reivindicar raíces históricas comunes, sobre todo refiriéndose a la construcción del Estado por el más crueles de los zares, hizo posible una redefinición radical de su propio personaje, pero también de la identidad ideológica y política del sistema y de sus raíces” (…) “En adelante, la ideología, el sistema de poder, los escenarios, estaban tomados de un pasado mucho menos dinámico, con símbolos arcaicos y obsoletos”: adopción de un nuevo himno conmemorando la Santa Rusia, establecimiento de tribunales de honor en las esferas dirigentes del partido y del Estado; en los ministerios, los altos funcionarios debían llevar uniforme y sus títulos estaban directamente tomados del cuadro de rangos instituido en su corte por el zar Pedro el Grande. En los años 40, Andrei Zhdanov lanzó una virulenta campaña contra el cosmopolitismo y la fascinación de la intelligentsia por Occidente. Comentario de M.L.: “La ideología zhdanoviana es la de Stalin. Marca el punto culminante de sus derivas ideológicas. En adelante estará fascinado por el glorioso pasado zarista. (…) Pero lo más grave de este bricolaje ideológico es el nacionalismo ruso extremo, de rasgos protofascistas, del estalinismo en declive” 18/.

Después de la muerte de Stalin, la burocracia se preocupó en desembarazarse de la parte más negra de la herencia estaliniana: denuncia del culto a la personalidad, fin del terror, supresión de los tribunales de honor y del cuadro de rangos para altos funcionarios, paralización de las campañas oficiales contra el cosmopolitismo y del llamado proceso de las Batas blancas contra médicos judíos. Pero hizo plenamente suyo el culto al Estado fuerte. M.L. utiliza el término estatismo, aunque sería más justo, como veremos, hablar de nacional-estatismo.

“El estatismo se convirtió entonces en una ideología en toda regla, recurriendo a eslóganes pretendidamente socialistas (nacionalización) y a temas del autoritarismo tradicional ruso (aunque sin exhibir las imágenes de los autócratas del pasado zarista). Después de la muerte de Stalin aparecieron distintas corrientes ideológicas, de forma insidiosa y subterránea, hasta llegar a manifestarse abiertamente. Los cambios que conoció la sociedad soviética tras la muerte de Stalin acarrearon la reemergencia de corrientes subterráneas en la sociedad, lo que tuvo repercusiones incluso en el seno del propio partido, tanto en la base como a nivel del aparato, dando nacimiento a un conglomerado de ideologías, tendencias y corrientes que nada tenían que ver con el monolito marxista-leninista imperturbablemente proclamado tanto en el Este como en el Oeste” (Ego y política. La autocracia estaliniana).

La burocracia del Estado y del partido estaba fragmentada, llena de fracciones, cliques y redes dentro de las distintas instancias del poder, reagrupándose en juegos de alianzas más o menos duraderas en base a intereses comunes y posiciones ideológicas más o menos compartidas. Estas distintas componentes de la burocracia tenían en común la celebración de la URSS (en realidad, de Rusia) como derzava (“estado fuerte”). Se había eliminado toda referencia a la revolución de Octubre, en adelante la Segunda Guerra mundial (“la Gran Guerra patriótica”) simbolizará la grandeza de la URSS, proclamada como superpotencia. Hubo un reforzamiento de la política de asimilación de las otras nacionalidades, las instancias superiores del poder central están compuestas en un 86 % de rusos (y de hermanos eslavos, biolorrusos y ucranianos) y se desarrolló una forma de antisemitismo de Estado pretendiendo excluir a los ciudadanos judíos de toda una serie de instituciones: KGB, Estado Mayor del ejército, Ministerio del Interior y Ministerio de Asuntos Exteriores y muchas otras.

En su texto sobre el nacionalismo ruso, M.L. señala el desarrollo de corrientes nacionalistas rusas en el seno mismo del aparato del partido y del Estado. Durante sus estancias en Rusia en los años 1990, después de la desaparición de la URSS, le sorprendió la multiplicación de organizaciones nacionalistas rusas, incluso abiertamente fascistas 19/; una cosa le pareció evidente: los animadores de estos movimientos no venían de “ninguna parte”. Pero a comienzos de los años 1990 existían pocas fuentes fiables, más allá de los trabajos de algunos investigadores occidentales. Diez años más tarde, en la propia Rusia, existía ya una documentación abundante. En 2003 aparecía en Moscú el libro de Nikolai Mitrohin, “Russkaja Partija. Dvizenie russkih nacionalistov v SSSR 1953-1985” (“El partido ruso. El movimiento de los nacionalistas rusos en la URSS 1953-1985”), una obra de más de 600 páginas, basada en entrevistas y en la lectura de las memorias de muchos antiguos responsables del poder que no dudaban en hablar “a cara descubierta” de las ideas y las convicciones que tenían en realidad en el pasado 20/. El cuadro es impresionante y es difícil informar en detalle, visto el gran número de protagonistas, y también la extrema diversidad de organizaciones e instituciones a que se refiere. Nos limitaremos a algunos puntos.

─ El libro está lleno de anécdotas, extraídas de memorias y de entrevistas, muy reveladoras del doble lenguaje en marcha, donde los altos responsables se presentan como verdaderos Dr. Jekyll y Mr. Hyde ideológicos. Como ejemplo, citamos el relato que hace Ju. Tonkov, un alto responsable de propaganda del Komsomol en los años 60, de una velada en casa del pintor I. Glazunov, nacionalista y antisemita de primera hora 21/, cuyo taller era un lugar de encuentro de los nacionalistas: “Nos sentamos a la mesa, todos los presentes son miembros del partido, entre ellos Torsuev, secretario del Comité Central del Komsomol. Y Glazunov declara: “Sueño con el día en que colgaremos a todos los comunistas”. Y todos se echan a reir” (p. 348).

─ Hay nacionalistas en todas las instancias dirigentes del partido, Politburo, CC del PCUS, Komsomol. El caso más revelador es el del grupo formado por antiguos altos responsables del Komsmol de los años 1940-1950 en torno a A. Shelepin, sucesivamente primer secretario del Komsomol (1952-1958), presidente de la KGB ante el Consejo de Ministros de la URSS (1958-1967), secretario del CC del PCUS, miembro del Politburo (1964-1975) 22/. La mayor parte estuvieron directamente implicados en las campañas antisemitas de finales de los años 40 y comienzos de los años 50. En los años 50 y 60 desarrollaron campañas, junto a la KGB y prolongando las lanzadas por Zhdanov en los años 40, contra las ideas liberales (pro-occidentales) en el seno de la intelligentsia y contra el cosmopolitismo. Shelepin fue el principal artesano de la destitución de N. Jruschov.

─ Esta actividad del grupo de Shelepin se desarrolló en el Komsomol con el nombramiento de S. Pavlov en 1962 como primer secretario del Komsomol. Mitrohin caracteriza así la ideología del grupo de Pavlov: anti-occidentalismo virulento, admiración por Stalin presentado como el constructor de un Estado fuerte, celebración de la Gran Guerra patriótica como momento de movilización intensa del pueblo soviético en defensa de la patria, necesidad de reforzar la educación militar y la militarización de la juventud, antisemitismo y glorificación de la Gran Rusia. Además de los responsables del Komsomol, el grupo de Pavlov asocia a sus actividades a personalidades famosas, como el escritor Mijail Shólojov, el cosmonauta Yuri Gagarin e incluso al pintor Ilia Glazunov.

─ En esta época, el Komsomol creó toda una serie de asociaciones concebidas como espacios que podían servir de tapadera para desarrollar más libremente estas actividades: la Universidad del joven marxista (sic), el club Patria, el Club Búlgaro-Soviético de jóvenes creadores. El Komsomol controlaba toda una serie de publicaciones, del diario Komsomolskaja Pravda a la revista Molodaja Gvardija (“Joven Guardia”). La destitución de Pavlov en 1967 (tras la marginación de Shelepin por el clan Brezhnev) no puso fin a la actividad de los nacionalistas rusos. Su sucesor a la cabeza del Komsomol, E. Tiajelnikov, defendía las mismas orientaciones −acabará dirigiendo el Departamento de Propaganda del CC del PCUS (1978-1982). Los demás consiguieron encontrar otras administraciones e instituciones donde continuar sus actividades, ya fueran diferentes departamentos del CC del PCUS o redacciones de las numerosas revistas controladas por los nacionalistas.

Aunque hasta finales de los años 60 las diferentes corrientes nacionalistas estaban todavía muy marcadas por la herencia estaliniana y la referencia a Stalin simbolizando la construcción de Rusia como derzava, en los años 70 y hasta 1985 los nacionalistas se replegaron del nivel pansoviético a las instituciones de la REFSR (la república de Rusia) y, a diferencia del grupo de Shelepin y del grupo de Pavlov, renunciaron a una intervención directa en el plano político. La referencia a Stalin se fue haciendo cada vez más rara.

Se pueden distinguir dos espacios distintas, aunque articulados, donde los nacionalistas rusos concentraron sus actividades.

1º Las corrientes nacionalistas controlaban la redacción de gran número de publicaciones: diarios como Sovetskaja Rossija(“Rusia Soviética”), semanarios como Ogonek, revistas de gran tirada como Molodaja Gvardija (“Joven Guardia”), NasSovremennik (“Nuestro contemporáneo”), Oktjabr (“Octubre”) y también casas editoriales ligadas o no a estas revistas. Las revistas, en primer lugar Molodaja Gvardija, llevaron una ofensiva extremadamente violenta contra la revista “liberal” Novyj Mir y su redactor jefe A. Tvardovski, quien fue destituído en 1970. La importante sección de la Unión de Escritores de Moscú estaba completamente controlada por nacionalistas.

2º Otro momento importante fue el movimiento por la preservación de los monumentos históricos; ante todo edificios religiosos, iglesias y monasterios. Otro rodeo para celebrar la Rusia anterior a 1917. Durante el verano de 1965, con la garantía del Consejo de Ministros de la República de Rusia, se creó la Sociedad Panrusa de conservación de monumentos históricos y culturales (VOOPiIK). Tres de los miembros del Comité de organización fueron importantes nacionalistas, entre ellos el pintor I. Glazunov y el escritor Leonid Leonov. Miembros del grupo de Shelepin y del grupo de Pavlov fueron también muy activos. Aún controlado por los nacionalistas rusos, VOOPiIK se transformó rápidamente en una organización de masas: en 1972 contaba con 7 millones de miembros, en 1985 con 15 millones.

Durante los años de la perestroika y sobre todo tras el hundimiento de la URSS, esta temática se desarrolló abiertamente. Y el Partido Comunista de la Federación de Rusia fue un vector importante. Sobre este tema, nos remitimos a los artículos citados en la nota nº 19.

En cuanto al impacto de estas corrientes nacionalistas sobre la sociedad, se puede pensar que quedó muy limitado, con excepción de la asociación VOOPiIK. Como subraya Mitrohin, el terreno de acción privilegiada de los nacionalistas rusos era ante todo el espacio del poder (partido y Estado), espacio del que ellos mismos eran parte integrante.

Totalitarismo y URSS: la sociedad invisible

La utilización, generalizada en la derecha pero por desgracia también en la izquierda, de la noción de totalitarismo para hablar de la URSS es sobre todo el signo de un desinterés por la realidad del país, su historia, su sociedad; todo se reduce a una caracterización, a veces caricaturesca y simplista, del poder 23/; en la izquierda suele ser una manera de pasar página, o más bien de despedazarla, sobre una historia de revolución que ha ido mal.

En setiembre de 1991, Ian Kershaw, especialista en el tema del nazismo, y Moshe Lewin organizaron en la universidad de Filadelfia una conferencia internacional sobre el tema: “Estalinismo y Nazismo: Comparativa de Dictaduras”, cuyas actas fueron publicadas en 1997 con el título Nazismo y Estalinismo (Cambridge University Press). El objetivo de la conferencia pretendía ser precisamente una respuesta a los (numerosos) que ponen (con o sin reservas) un signo de igualdad entre nazismo y estalinismo, extendido por algunos a comunismo.

En la introducción al volumen y en el Postfacio, I. Kershaw y Moshe Lewin explican que la legitimación de la comparación se basa en la existencia de algunos rasgos comunes (en ambos casos se trata de “dictaduras”) que definen lo “comparable”, pero que el trabajo de comparación pretende identificar las características singulares de los dos sistemas en todos los terrenos, incluida la política de represión y los campos de concentración. Y cuestionan con toda pertinencia a la utilización de la noción de totalitarismo.

En Mi visión de la historia (En Los Senderos del pasado, Syllepse/Page Deux), M.L. escribe a propósito de la escuela totalitaria dominante entre los historiadores de la URSS en los Estados Unidos: “La escuela totalitaria no veía en todo este asunto más que una purga permanente, o dicho de otra forma, no veía ni pasado ni futuro. Sólo una especie de eterno presente (a menos que algo, con toda probabilidad llegado del exterior, lo hiciera cambiar), donde el Estado es fundamentalmente un mecanismo de control y de adoctrinamiento, y donde la sociedad sólo existe como prolongación del Estado. En esta concepción tan plana no hay ningún lugar para un mecanismo de cambio, y la figura de Jruschov y la desestalinización, por limitada que haya podido ser, le dieron un buen golpe. No es difícil ver que la visión totalitaria era en sí misma un instrumento de la batalla ideológica desencadenada por la Guerra Fría. Era absolutamente inadecuada, no porque el estalinismo no haya sido la máquina mortífera que efectivamente lo ha sido, sino porque el sistema entero se volvía de una complejidad siempre creciente, lo que no hacía sino reducir la pertinencia de estos conceptos” (p. 89).

En esta cita, M.L. destaca un punto importante, característico de la visión más extendida de la URSS, mucho más allá de la escuela histórica totalitaria: “la sociedad sólo existe como prolongación del Estado”. Esta invisibilidad de la sociedad es en su origen el producto de la capa de plomo que el poder ha hecho pesar sobre la sociedad, pretendiendo prohibir toda palabra o manifestación no conforme. Pero invisibilidad no significa que la sociedad fuera pasiva, muda y sin reacciones. Muy al contrario.

En los diferentes textos reunidos en Los Senderos del pasado, M.L. habla de su experiencia y de sus encuentros con los de abajo: los miembros de un koljós cerca de Tambov donde pasó algunos meses, los obreros de la fundición en los Urales donde estuvo destinado [cuando llegó, muy joven, a la URSS] o incluso el recuerdo de una velada en un aislado koljós (a 50 km de la estación más cercana): alrededor del fuego, los miembros del koljós pasaban la noche cantando canciones de los campos de concentración y canciones de amor, y recitando astuski, breves poemas satíricos que ridiculizaban los slogans oficiales.

Desde el comienzo, en todo su trabajo de historiador, M.L. ha pretendido estudiar la sociedad, hacer visible sus diferentes componentes. De partida, lo esencial de sus trabajo tuvo que ver con el campesinado (que, recordemos, en el momento de la Revolución representaba el 90 % de la población). Su tesis, defendida en los años 60, es el primer estudio en profundidad de la colectivización 24/. En muchos trabajos posteriores (sobre todo, los que figuran en La Formación del sistema soviético 25/, continúa su estudio del mundo campesino, insistiendo en que los campesinos (los campesinos rusos en este caso) no son simplemente “los que cultivan la tierra”: el mundo campesino constituye un mundo rico y complejo, no sólo en el plano social, sino también cultural y religioso. En un texto (no incluído en esta recopilación) que figura en Russia/USSR/Russia, “The Village ant the Community: ‘Molecular Energy’ in Rural Societies”, trata de la reactivación de la organización comunitaria del campesinado ruso durante la NEP. Sobre esta cuestión de la comuna rusa no es inútil recordar que Marx, al final de su vida, se había apasionado por la comuna campesina en Rusia y las nuevas perspectivas que abría 26/.

Paralelamente a sus trabajos sobre el campesinado y la colectivización, M.L. extendió sus trabajos al conjunto de la sociedad en los años 1930. En La Formación del sistema soviético, insiste en el hecho de que durante este período el poder fracasa precisamente en su voluntad demente de control absoluto de todos los ámbitos de la vida de la sociedad. La colectivización y la industrialización a marchas forzadas pusieron de hecho patas arriba a la sociedad, “una sociedad de arenas movedizas” 27/. Esta situación se trata también en la primera parte de El Siglo soviético así como en varios textos de esta recopilación.

Sobre la base de estos trabajos y de la inmensa documentación que reunió, M.L. estaba preparando un gran estudio (en tres volúmenes) sobre la sociedad soviética de los años 1930. Pero los acontecimientos ocurridos en la URSS, la destitución de Jruschov, los debates sobre la reforma económica y su brutal paralización, el frenazo a la liberalización del sistema, llevaron a M.L. a abandonar los años 1930 y a preguntarse por las transformaciones de la sociedad soviética después de la muerte de Stalin. Su trabajo en profundidad sobre los años 1960 se presentó en el libro ya citado Political Undercurrents in Soviet Economic Debates (1975). Tomando en serio la opinión del académico Nemchinov (“Un sistema político hasta tal punto paralizado de arriba abajo sólo puede frenar el desarrollo técnico y social, y se hundirá pronto o tarde bajo la presión de los verdaderos procesos de la vida económica”), se pregunta por la capacidad misma del régimen para sobrevivir.

La sociedad y el poder

Después del hundimiento del sistema, la voluntad del poder pretendiendo prohibir y reprimir toda protesta, toda palabra no conforme, se transformó en su contrario. Los archivos del NKVD y de la KGB (encargados de la represión), y también de otras administraciones e instituciones, han resultado ser verdaderas minas de información sobre la realidad de la sociedad, sobre el estado anímico de amplias capas de la población.

Un primer ejemplo lo proporciona el libro de Sarah Davies Popular opinion in Stalin’s Russia. Terror, Propaganda and Dissent(1997, Cambridge University Press). Este libro se basa en la explotación de los archivos del NKVD de la región de Leningrado en los años 1930, donde figuran los casos de represión de personas por delitos de opinión o protestas, y también numerosas peticiones y cartas dirigidas a dirigentes (estas cartas, muchas veces anónimas, fueron conservadas) 28/. En la medida en que se trata de casos que han sido objeto de medidas de represión, se puede pensar que sólo muy parcialmente refleja la situación real. Leyendo el libro, sorprende la cantidad y la extrema diversidad de las manifestaciones disidentes y las críticas del poder. El capítulo 8, titulado ‘Nosotros’ y ‘Ellos’. Identidad social y Terror (donde ‘ellos’ designa a los representantes del poder) es particularmente apasionante.

Un ejemplo entre otros lo aporta la deformación de un slogan oficial: “Quien no trabaja no come”, se convierte en “Quien no trabaja [los burócratas del partido, D.P.] no sólo come sino que también bebe vino, mientras que quien trabaja sólo puede zampar mierda”. Otro ejemplo de esta crítica social del poder lo ofrece la deformación de las siglas oficiales o de algunas palabras. M.L. da un ejemplo en el texto sobre los obreros: O.R.S.: Otdel Raboego Snabzenija (“Departamento de avituallamiento obrero”) se convierte en Obspei Ran’se Sebja (“Sírvete primero”), y también en Ostal’noe Raboim i Sluzasim(“El resto para los obreros y empleados”). Citemos otro caso de deformación, la palabra SPORT (‘deporte’) se convertirá en Sovetskoe Pravitel’stvo Organizovalo Raboij Terror (“el gobierno soviético ha organizado el terror contra los obreros”). Otra manifestación de la crítica del poder son también las anécdotas, muy numerosas. Citemos una, muy política, sacada del Boletín de la Oposición (nº 38-39, p. 21): “Lenin resucita y descubre que se encuentra en un sólido edificio vigilado por soldados. −Debo estar en prisión, la contrarrevolución ha triunfado. Encuentra un teléfono y llama a Trotsky. Le responden que no hay ningún Trotsky. Lo que le confirma la idea de que la contrarrevolución ha triunfado. Llama a Rykov al Comisariado del Pueblo, a Zinoviev en el Komintern, a Bujarin a la redacción de Pravda. Todo ello sin resultado. −Pero puede que el partido siga existiendo, se dice Lenin. Llama al Secretariado del Comité Central. −¿Camarada Stalin? ¿Qué pasa? Lenin le expone la situación. Mientra le escucha, Stalin coge otro teléfono y llama a la Gepeú: −El Viejo [Stalin se refería de esta manera despectiva a Lenin. D.P.] chochea, quiera saber demasiado, haced que se calme“.

Los obreros: resistencias individuales y colectivas

Un texto de la recopilación está dedicado a la situación de los obreros (Los obreros en busca de una clase. Entre ‘personalidad’ y ‘clase’), abordando desde distintos ángulos la situación de los obreros soviéticos, incluida la cuestión de saber si formaban o no una clase 29/. No vamos a abordar esta cuestión que, para M.L., expresa “un juego del escondite histórico”. Se puede recordar lo que Trotsky escribió en La Revolución traicionada, donde citando a Pravda opone la propaganda oficial a la situación real de los obreros: “[De creer a Pravda] el obrero no es, en nuestro país un esclavo asalariado, un vendedor de trabajo-mercancía. Es un trabajador libre (Pravda). En la actualidad esta fórmula elocuente no es más que inadmisible fanfarronada. El paso de las fábricas al poder del Estado no ha cambiado mas que la situación jurídica del obrero; de hecho, vive en la necesidad trabajando cierto número de horas por un salario dado”. Por su parte, en el postfacio a la obra ya mencionada, L.H. Siegelbaum y R. Suny escriben: “No hay ninguna duda de que una fuerza de trabajo industrial ha existido y crecido durante las dos primeras décadas y media del poder soviético. Sus miembros se consideraban ciertamente parte de una clase obrera, pero habían perdido el espacio político en el que podían desarrollar la forma como se representarían a sí mismos y definir sus propios programas”. Y M.L. cita en varias ocasiones esta frase con que se definen los obreros: “No se nos considera seres humanos”.

En la considerable masa de trabajos dedicados a la URSS, la parte dedicada a los obreros es ridículamente débil 30/ −lo que en cierta medida revela la fijación en la caracterización/denuncia del régimen, pero también una hipótesis, explícita en los trabajos soviéticos oficiales y más o menos repetida en el Oeste: en su inmensa mayoría, los obreros se adherían al poder soviético y apoyaban al régimen.

Esto es particularmente cierto en las publicaciones en francés. La única obra importante es la de Jean Paul Depretto, Los obreros en URSS 1928-1941 (Publications de la Sorbonne, 1997), un libro muy rico en informaciones históricas, sociológicas y que da una primera idea de las diferentes formas de resistencia obrera durante este período. En cambio, en los países anglosajones, en los años 1990 y sobre todo después, los trabajos sobre los obreros basados en el acceso ya posible a diferentes archivos, han comenzado a ofrecer un cuadro impresionante de la situación de los obreros y de las diferentes formas de resistencia, individuales y colectivas, desde finales de los años 1920 al período de la perestroika 31/: huelgas y manifestaciones de masas, motines de hambre, ralentización de la producción (conocido en Rusia con el nombre de huelga a la italiana), violencias contra las administraciones y también actos de resistencia individual.

Vamos a citar brevemente algunos aspectos de resistencias individuales, así como la huelga de primavera de 1932 en una fábrica textil de la región de Ivanovo y los acontecimientos de Novotcherkassk en 1962.

Las resistencias individuales

La importancia de las resistencias individuales es la consecuencia de la política del poder, transmitida por el aparato de los sindicatos, de prohibir cualquier forma de acción colectiva, de destruir, como subrayan L-H. Siegelbaum y R. Suny, toda conciencia de clase, por medio de una atomización en la que cada obrero se encuentra solo frente al arbitrio del poder y de la dirección de la empresa. De hecho, los obreros están profundamente despolitizados y alienados. Pero a pesar de esta situación, desde los años 30 a la perestroika, aún con todas las medidas represivas y también los incentivos materiales, el poder, en su obsesión por controlar todo desde arriba, se ha mostrado incapaz de forzar/persuadir a los obreros a trabajar eficazmente, esto es, como lo entendía el poder.

En un texto Labour discipline and the decline of the Soviet system 32/, D. Filtzer traza un cuadro preciso de este fracaso “en meter en vereda a la clase obrera”, un fracaso que no ha dejado de jugar un papel en el hundimiento del sistema. Como conclusión, Filtzer escribe: “La industrialización estaliniana dio lugar a relaciones laborales específicas en las cuales los obreros no estaban en posición de hacer frente a las élites del poder y ni siquiera a los directores de empresas, que constituían una entidad colectiva movilizada para defender sus objetivos económicos y objetivos políticos más amplios. Sin embargo, la naturaleza burocrática del sistema y la ausencia de planificación, bloqueando toda forma de regulación económica sistemática, hicieron que los obreros pudieran reaccionar negativamente en el mismo lugar de producción. No se puede hablar propiamente de una resistencia sino más bien de acciones defensivas e individualizadas por parte de una mano de obra atomizada y despolitizada. Los obreros se volvieron una de las fuentes del declive del sistema en el plano económico, lo que Jruschov y Gorbachov reconocieron cuando defendieron la necesidad de hacer reformas” 33/.

Filtzer destaca tres elementos principales: 1º, la considerable movilidad de los trabajadores; 2º, el control del tiempo de trabajo; 3º, una forma de connivencia/complicidad entre los obreros y la dirección de la empresa frente a las exigencias del Centro 34/. Retomemos brevemente algunos puntos del análisis más detallado de Filtzer sobre los puntos 1º y 2º, aunque precisando que los términos utilizados (movilidad de la mano de obra / control del tiempo de trabajo / connivencia con la dirección de la empresa frente a los dictados del Centro) son términos administrativos de connotación negativa, que designan no ya las resistencias, sino los principales espacios donde se desarrollan esas resistencias. Las sucesivas políticas puestas en marcha, utilizando alternativamente la zanahoria y el palo, fueron reacciones del poder frente a los problemas, más que políticas predefinidas por el Centro para formatear el comportamiento de los obreros.

1º Movilidad

Por movilidad (o rotación) hay que entender el hecho de que los obreros cambian frecuentemente de trabajo, un fenómeno posible por la penuria de mano de obra. En los años 1930, la rotación era extremadamente elevada. A comienzos de los años 1930, como media, un obrero cambiaba de trabajo cada seis meses, en 1936 cada catorce meses.

La principal causa era la caída brutal del nivel de vida así como las reducciones del salario, por ello la búsqueda permanente de un nuevo empleo mejor pagado. El absentismo y el retraso en el trabajo, debidos también a las enormes dificultades de la vida cotidiana y al estado calamitoso de los transportes, eran también un fenómeno masivo. En la prensa abundaban las denuncias de los elementos asociales de todo tipo (trotskystas 35/, miembros de las antiguas clases poseedoras, y otros saboteadores). El poder adoptó en distintos momentos una legislación represiva orientada a luchar contra el absentismo y la rotación. Para los años 1940, Filtzer da la cifra de un millón de trabajadores sancionados por absentismo y de 200 000 trabajadores reprimidos por haber cambiado de trabajo sin autorización −en sí mismas, estas cifras muestran la importancia del fenómeno.

A partir de los años 1950, el poder abandona la política puramente represiva e intenta tener en cuenta el hecho de que la movilidad de los trabajadores debe ser interpretada como una reacción frente a las condiciones de vida y al nivel muy bajo de los salarios. Además, y M.L. menciona este punto en varias ocasiones, los directores de empresas multiplican las medidas para retener a los trabajadores 36/, constituyen reservas de mano de obra, lo que, como contrapartida, contribuye a alimentar la penuria de mano de obra. En los años 1970, el déficit en mano de obra se estima en 700 000 trabajadores, un déficit reforzado además por la explosión de la “economía a la sombra” 37/ y por el elevado número de personas que trabajan “por su cuenta”.

2º Control del tiempo de trabajo

Un rasgo característico es la débil utilización del tiempo de trabajo, así como una productividad muy baja. En particular, la política oficial de control se traduce a nivel del proceso productivo en una parcialización máxima de las tareas (un puesto − una operación), lo que significa, de hecho, una desorganización por arriba del proceso de producción: los obreros no tienen ninguna responsabilidad sobre un trabajo puramente mecánico y repetitivo, ni una comprensión del proceso de producción en el que participan. Como escribe Filtzer: “Esta sobre-individualización del trabajo ofrece muchas posibilidades a los obreros para apropiarse de amplias porciones de su jornada de trabajo. Es imposible separar este no-respeto de la disciplina laboral de las pérdidas de tiempo debidas al disfuncionamiento del sistema”. En cierta medida, cada cual trabaja para sí, a su ritmo. Esta falta de coordinación tiene un gran coste económico, sobre todo por el hecho de la penuria de piezas que, en un momento u otro, bloquea el proceso. Se calcula en 15% el tiempo de trabajo perdido (o sea, 30/40 días al año).

Las resistencias colectivas

Como subrayan Filtzer y otros autores, en los años del primer plan quinquenal las resistencias colectivas fueron más numerosas 38/. Sobre el período post-estalinista, M.L. considera, apoyándose en un libro aparecido primero en Rusia y después en inglés (Mass Uprisings in the USSR. Protest and Rebellion in the Post-Stalin Years, Vladimir A. Koslov, 2002) 39/, que los levantamientos populares no fueron más de seis, siendo el de Novotcherkassk en 1962 el más conocido.

Las huelgas en las fábricas textiles en la región de Ivanovo en la primavera de 1932

El libro de J. Rossman, Worker Resistance under Stalin: Class and Revolution on the Shop Floor, describe una serie de huelgas que explotaron en 1932 en las fábricas textiles de la región de Ivanovo. En la web libcom.org se puede encontrar un capítulo de este libro dedicado a la huelga de la fábrica textil de Teikovo, en primavera. Esta largo texto describe las increíblemente duras condiciones de vida y de trabajo de los obreros (una mayoría eran mujeres) 40/ y el relato día a día de la huelga del 7 al 17 de abril de 1932. El autor concede un amplio espacio a los debates sobre las formas de organización, a la personalidad de los líderes del movimiento así como a las reacciones de las autoridades locales y de Moscú. Por último, cuenta la represión del movimiento y las concesiones hechas por el poder tras esta huelga y otras que tuvieron lugar en la misma época en la región de Ivanovo.

El levantamiento de Novotcherkassk en 1962

Este levantamiento se conoce mejor; un primer relato de los acontecimientos figura en el Archipiélago Gulag de Solzhenitsyn. Otros relatos han aparecido después. El más interesante se encuentra en un folleto publicado en Moscú en 1992, con el título Novotcherkassk 1-3 de junio de 1962. La huelga y el tiroteo, resultado de una larga entrevista de David Mandel con Piotr Sjuda, uno de los participantes en el movimiento, que fue condenado a 12 años de campo de concentración. Esta entrevista habla también de la detención en el campo de concentración y la vida de Piotr Sjuda, obrero disidente, tras su liberación, su visión de la clase obrera soviética que no idealiza en absoluto, su crítica del régimen (Sjuda era el hijo de un bolchevique ejecutado por Stalin en los años 30). En 1990, Sjuda, que participaba activamente en los acontecimientos ligados a la perestroika, murió en un accidente de coche.

Las razones que estuvieron en el origen del movimiento fueron el descenso de los salarios y un aumento de los precios de los alimentos básicos; estas medidas suscitaron un profundo descontento entre los obreros. La huelga estalló el 1 de junio en la fábrica eléctrica tras un tormentoso encuentro con el director de la empresa que se burló abiertamente de los obreros y de sus problemas. Desde el primer día de la huelga, las autoridades hicieron intervenir sin éxito a soldados con vehículos blindados, pero los huelguistas obstaculizaron a los vehículos y los soldados se retiraron. Durante un mitin que tuvo lugar a las puertas de la fábrica, algunos oradores sugirieron enviar delegaciones a otras fábricas y a otras ciudades, pero al final del día la ciudad quedó aislada del resto del país. A la mañana del día siguiente, todo el barrio donde se encuentra la fábrica fue invadido por soldados y tanques, y comenzaron las detenciones masivas. Una imponente columna de varios miles de personas se dirigió al centro de la ciudad, a los gritos de “dejad pasar a la clase obrera”, y se reunió en la plaza principal donde se encuentra la sede regional del partido, que fue tomada al asalto.

En ese momento se dio orden de abrir fuego contra los manifestantes, provocando una matanza. Una delegación del Politburo, con Mikoyan a la cabeza, llegó a Novotcherskassk pero se contentó con sobrevolar a la muchedumbre en un helicóptero y con una intervención, amenazadora en la radio. El movimiento terminó el 3 de junio por la mañana. Fue el comienzo de una represión muy dura: más de un centenar de personas fueron condenadas a altas penas de campo de concentración, siete manifestantes fueron condenados a muerte por “bandidismo”.

A modo de conclusión: la historia como reto

En La Revolución traicionada, hablando de la URSS, Trotsky cita la frase de Spinoza “ni reir ni llorar sino comprender”. En el texto Para una historia de la clase obrera soviética, Pierre Rolle escribe: “La historia del mundo cuando admita la historia soviética como uno de sus desarrollos, será seguramente muy distinta de la que se ha construído excluyendo esta experiencia”41/.

Al final de El Siglo soviético, M.L. cita las muy extendidas opiniones que hay actualmente en Rusia, procedentes muchas veces de antiguos burócratas que pretenden rechazar en bloque el período soviético: “En paralelo a esta campaña mentirosa y nihilista se asistió a una forma de búsqueda frenética de otros pasados que puedan ser propuestos a la nación para que se identifique con ellos (…) Después, cuando el rechazo de todo lo que era soviético se volvió demasiado fuerte, volcándose en el odio a Lenin, el leninismo y el bolchevismo, presentados como emanaciones del infierno, se intentó rehabilitar a los Blancos de la Guerra Civil, el ala derecha más retrógrada del espectro político del zarismo, que perdió la batalla porque no tenía nada que ofrecer al país”.

Ante esta situación, M.L. insiste en que es necesario que los rusos se reapropien del pasado soviético: “La historia es un remedio que debe permitir recubrir una identidad y un futuro”. En cierta manera, esta invitación de M.L. se dirige también a quienes piensan que el combate por el socialismo tiene todavía sentido hoy.

* Moshe Lewin nació en 1921 en Vilnius, entonces Polonia. Murió el 14 de agosto de 2010 en París. Moshe Lewin es el historiador de referencia para lo que tiene que ver con la historia social de la URSS y, entre otros, de su período estaliniano. Es autor de numerosas obras y artículos, entre los cuales citaremos:

─La Paysannerie et le pouvoir soviétique : 1928-1930, Ed. Mouton, París-La Haya, 1966

─El último combate de Lenin. Edición en castellano Lumen 1970)

─The Political Undercurrents of Soviet Economic Debates : From Bukharin to the Modern Reformers, Princeton University Press 1974 ; se hizo una reedición en 1991 con el titulo: Stalinism and the Seeds of Soviet Reform : The Debates of the 1960’s

─The Making of the Soviet System. Essays in the Social History of Interwar Russia, Pantheon, Nueva York, 1985

──The Gorbatchev Phenomenon: A Historical Interpretation, University of California Press, Berkeley, 1988.

─Stalinism and Nazism : Dictatorships in Comparison, Cambridge University Press, 1997 (en colaboración con Ian Khershaw)

─El Siglo soviético. Edición en castellano Crítica, 2006. Reedición en 2017 con el título: El siglo soviético. ¿Qué sucedió realmente en la Unión Soviética?

Notas:


1/ La obra en inglés es más importante y presenta dieciséis textos, entre ellos uno sobre la situación del campesinado durante la NEP, tres textos sobre el fenómeno burocrático, uno sobre la industrialización y uno más sobre la planificación, titulado The disappearance of Planning in the Plan.

2/ De forma un tanto sorprendente, Enzo Traverso en La Melancolía de izquierda (La Découverte, 2016) hace aparentemente suya la tesis de que el hundimiento de la URSS significaría el fin del comunismo.

3/ Sobre los debates relativos a la naturaleza de la URSS, se puede citar también a Marcel van der Linden, Western Marxism and the Soviet Union: A Survey of Critical Theories and Debates Since 1917Haymarket books (2009); John Eric Marot, The October Revolution in Prospect and Retrospect. Interventions in Russian and Soviet HistoryHaymarket books (2013); y Thomas Twiss Trotsky ant the Problem of Soviet Bureaucracy, Political Science, University of Pittsburgh (2009).

4/ Se puede citar, entre otros, a Tony Cliff y el SWP inglés, así como a Raya Dunayevskaya, cf. su libro recientemente aparecido en Éditions Syllepse, Marxisme et liberté.

5/ La Revolución traicionada no era el título original del libro, que en ruso se llamaba ¿Qué es la Unión Soviética y a dónde va?, destacando la inestabilidad del régimen desde el punto de vista de su caracterización.

6/ La tesis de la contrarrevolución (versión ‘conspiratoria’) es defendida en cambio por los admiradores incondicionales de Stalin antes mencionados.

7/ Como veremos más adelante, para caracterizar el régimen soviético M.L. utiliza el concepto de estatismo, introducido por el sociólogo americano Eric Olin Wright en su texto: “En busca de una brújula de la emancipación. Hacia una alternativa socialista”, publicado en la web de la revista Contretemps (2011). Olin Wright propone distinguir tres modos alternativos de organización de las relaciones de poder a través de los cuales los recursos económicas son asignados, controlados y utilizados: el capitalismo, el socialismo y el estatismo.

8/ Aunque con una focalización en el período estalinista donde el régimen se presenta en estado puro. El período postestalinista, ya se trate de Jruschov o de Brehznev y el llamado período de ‘estancamiento’ (zastoj) han tenido la consecuencia de complicar la cuestión.

9/ A este nivel, los cuatro tomos del Boletín de la Oposición de izquierda (en ruso), publicados de 1929 a 1941 (87 números en total) resultan ejemplares: la denuncia del régimen establecido por Stalin y la construcción de un movimiento a escala internacional en el resto del mundo son las dos componentes de un solo y mismo planteamiento.

10/ Trotsky insiste sobre este punto al final del tomo 2.

11/ P. Rolle, Le travail dans les révolutions russesÉditions Page Deux, 1998, p. 232.

12/ Un historiador soviético, Mijail Gefter, ha caracterizado el período de la guerra como “desestalinización fallida”.

13/ M.L. cita la valoración que hizo en 1973 el académico V. Nemchinov sobre los disfuncionamientos y atascos del sistema: «Un sistema político hasta tal punto paralizado de arriba abajo sólo puede frenar el desarrollo técnico y social, y se hundirá pronto o tarde bajo la presión de los verdaderos procesos de la vida económica»; esta cita figura también en El Siglo soviético.

14/ Sobre la burocracia, hay que remitirse también a El Siglo soviético, III, capítulo 6, titulado El Laberinto burocrático, y más en particular a la parte De un sistema de partido único a un sistema ‘sin partido’.

15/ Extraído de “El Estado y las perspectivas del movimiento obrero”, en: V. Garros (ed.), Russie postsoviétique: la fatigue de l’histoire, ediciones Complex, 1995. Galina Rakitskaja y Boris Rakitski han jugado un papel importante en la reconstrucción de un movimiento sindical de luchas en Rusia.

16/ Más adelante volveremos a tratar de la explosión del nacionalismo en la Rusia postestalinista.

17/ Así como sus dos derivados samoderzec, que designa al “maestro absoluto’ (el zar ‘autócrata’) y samoderzavie que significa ‘autocracia’.

18/ Cf. El Siglo soviético, III, cap. 6, Fin de partida.

19/ Sobre las corrientes nacionalistas en el período post-soviético, nos remitimos a tres de nuestros artículos: “Les nationalistes, les communistes et le phénomène patriotique”, en V. Garros (ed.) Russie post-soviétique: la fatigue de l’histoire (ediciones Complexe), p. 135-152; “Les héritiers du PCUS: entre stalinisme et national étatisme”, Cahiers Marxistes, 214, diciembre 1999; y “La Russie de Guennadi Ziuganov”, Critique Communiste, 146 (1996), p. 14-19.

20/ Las posiciones defendidas por G. Ziuganov, secretario del Partido Comunista de la Federación de Rusia en muchas publicaciones son particularmente expresivas. Citemos en particular el folleto Derzava y el titulado Yo soy ruso de corazón y de sangre.

21/ En tiempos de la URSS, I. Glazunov era un pintor muy oficial, decorado con el título de ‘artista del pueblo de la URSS’; en 1978, una exposición de sus obras tuvo lugar en Carrusel, la principal sala de exposiciones de Moscú.

22/ La lista de miembros del grupo y de sus funciones que aporta Mitrohin es impresionante: un miembro del Politburo (además de Shelepin), varios miembros del CC del PCUS, responsables de diferentes departamentos del CC del PCUS, altos responsables de diferentes ministerios, el redactor jefe de Izvestija, de Komsomolskaja Pravda y de Sovetskaja Rossija.

23/ Sobre el uso más que abusivo de la noción de “totalitarismo” aplicado a la URSS y en general a los países del Este, se puede leer el artículo, muy polémico, pero corrosivo, de Alain Brossat “Misère et grand-peur de l’idéologie du totalitarisme”, Critique communiste 55 (1986). En este artículo, Brossat hace una distinción esencial entre la teoría del totalitarismo de Hannah Arendt y la ideología del totalitarismo. Sobre la cuestión de la “exportación” de la noción de totalitarismo de Hannah Arendt para tratar a la URSS (Agnès Heller, Claude Lefort, Cornelius Castoriadis) se puede leer el capítulo 4 Totalitarianismdel libro de Ph. Hansen Hannah Arendt. Politics, History and CitizenshipPolity Press (1993).

24/ La paysannerie et le pouvoir soviétique 1928-1930, París / La Haya, Mouton, 1966.

25/ Primera publicación en 1987 en Gallimard; republicado en 2013 en la colección Tel Gallimard.

26/ Sobre esta cuestión, cf. Pierre Dardot y Christian Laval, Marx, Prénom: Karl, Gallimard (2012); Kevin B. Anderson Marx aux antipodes (capítulo sobre los escritos tardíos), Syllepse & M editor (2015); y sobre todo el libro de Teodor Shanin Late Marx and the Russian Road, Marx ant the ‘Peripheries’ of Capitalism, Monthly Review Press, 1983.

27/ Este análisis de los años 30 ha sido desarrollado por otros historiadores, en particular R. Suny y Sh. Fitzpatrick.

28/ Ejemplo de carta (anónima) dirigida al Comité del partido de Leningrado: “Lo mejor sería borrar del mapa a todos los dirigentes del poder soviético para que dejen de insultar a la clase obrera… Ya es hora de dejar de burlarse de la clase obrera. También, eso es lo que os queda por hacer a vosotros los jefes: si no se bajan los precios de los alimentos, un 40% para el pan, os va a ir mal. Dejad de esclavizar y de burlaros de la clase obrera”.

29/ Esta cuestión es muy discutida en la Introducción a la obra de donde está sacado el texto de M.L. (Making Workers Soviet: Power, Class and Identity, 1994).

30/ El primer trabajo sistemático es el de S. Schwartz Los obreros en la URSS (1956).

31/ Citemos en primer lugar los distintos libros, apasionantes, de Donald Filtzer: Soviet Workers and Stalinist Industrialization: The Formation of Modern Soviet Production Relations, 1928-1941, Londres, Pluto Press, 1986, 338 p., Soviet Workers and De-Stalinization: The Consolidation of the Modern System of Soviet Production Relations, 1953-1964, Cambridge University Press, 1992, 340 p., reed. 2002, The Khrushchev Era: De-Stalinization and the Limits of Reform in the USSR, 1953-1964, Londres, Macmillan Press, 1993, 104 p., Soviet Workers and the Collapse of Perestroika: The Soviet Labour Process and Gorbachev’s Reforms, 1985-1991, Cambridge University Press, 1994, 316 p., Soviet Workers and Late Stalinism: Labour and the Restoration of the Stalinist System After World War II, Cambridge University Press, 2002, 294 p., reed.. 2007, The Hazards of Urban Life in Late Stalinist Russia: Health, Hygiene, and Living Standards, 1943-1953, Cambridge University Press, 2010, 379 p. La otra obra importante es la de Jeffrey J. Rossman Worker Resistance under Stalin: Class and Revolution on the Shop Floor, Cambridge, Mass., Harvard University Press. En el libro ya citado de S. Davies, Popular opinion in Stalin’s Russia, un capítulo está dedicado a las reacciones de los obreros, y el capítulo 8 sobre ‘nosotros’ y ‘ellos’ contiene también mucha información.

32/ Este texto está accesible en la página web libcom.org. En esta web se encuentra también el texto de J. Rossman sobre la huelga de una fábrica textil en Teikovo en 1932 (cf. más abajo).

33/ En Political Undercurrents in Soviet Economic Debates, M.L. traza un cuadro detallado de los disfuncionamientos de la economía y de las consecuencias para los obreros.

34/ El ejemplo más conocido es la resistencia multiforme de los obreros y de las administraciones de las empresas para neutralizar el movimiento ‘estajanovista’ en los años 30.

35/ En esta época, la etiqueta trotskysta se utiliza extensamente para denunciar a todos los enemigos del régimen.

36/ Recordemos que en la URSS toda una serie de servicios (en particular, la vivienda) eran por lo general un recurso de las empresas, que podían utilizarlos para hacer presión sobre los obreros.

37/ M.L. dedica a este fenómeno todo un capítulo de El Siglo soviético (“Distinguir la luz de la sombra”, IIIª parte, cap. 7).

38/ Cf. en particular Depretto (1984) Les ouvriers en URSS, p. 286-297 y Donald Filtzer (1986), Soviet Workers and Stalinist Industrialization: The Formation of Modern Soviet Production Relations, 1928-1941

39/ Por desgracia, el autor de este libro se contenta con recoger sin distancia crítica las informaciones dadas por los archivos oficiales. Libro publicado en ruso, traducido al inglés por Elaine McClarnand, Ed. Routledge.

40/ Ocasión para recordar que una manifestación de las obreras del textil de Petrogrado fue la que marcó el inicio de la revolución de febrero de 1917.

41/ P. Rolle, op. cit.

Fuente:

https://vientosur.info/spip.php?article13135

¿Qué fue de la revolución rusa en América Latina?

13 de noviembre de 2017 / Autor: Marcos Roitman Rosenmann / Fuente: Unidad Cívica por la República

Mucho se ha escrito sobre la revolución rusa. Como toda revolución, inaugura y cierra un ciclo histórico. Así sucedió con la americana, la francesa y, en América Latina, con la mexicana y la cubana. Poseen en común su carácter insurreccional. Ninguna está exenta de incubar violencia. El derribo de las estructuras de dominación se realiza mediante la fuerza, donde la disyuntiva supone contemplar la muerte. Las revoluciones condensan un tiempo histórico, inimitables, centran el debate sobre el cambio social, su dirección y horizonte. La revolución francesa alzó el orden republicano, puso en la agenda los valores de libertad, igualdad y fraternidad.
La emancipación como proyecto. Su influencia en América Latina fue inmediata. Haití, sin ir más lejos. Los mismos nombres enarbolados por la burguesía francesa replicaban en las capitales de los virreinatos españoles. Voltaire, Diderot, D’Alambert, Montesquieu, Rousseau. Sus obras fueron perseguidas, sus poseedores encarcelados, pero de su lectura se nutrieron los espíritus inquietos, como Francisco de Miranda, Simón Rodríguez, San Martín, Bolívar. La revolución americana, su antecedente, también impactó en los padres de la constitución americana de 1787, Franklin, Adams, Washington o Jefferson.

La Declaración de los Derechos del Hombre y los Ciudadanos es un hito en la historia. Supuso un avance en las luchas y el reconocimiento de los derechos políticos, a pesar de cuanto se diga sobre Robespierre y el Comité de Seguridad General. ¿Debemos abominar de la revolución francesa como forjadora de pensamiento emancipador al estar marcada por la violencia? ¿Su ideario no lo seguimos reivindicando? ¿Acaso sus esperanzas y sueños de libertad han perdido vigencia? Otro tanto puede decirse de la revolución mexicana. ¿La lucha por la tierra, la soberanía, el antimperialismo, los derechos de huelga, sindicales y salarios dignos son principios caducos? La revolución mexicana es y sigue siendo referente en América Latina, condensa las esperanzas por el amanecer de una sociedad justa, igualitaria y democrática. ¿Por qué no reivindicar a Zapata, a Villa, como a Morelos, Hidalgo o Benito Juárez frente al imperio francés? ¿Acaso los nombres de Lenin, Trotski, Alexandra Kolontái, tanto como Marx, Engels y Rosa Luxemburgo deben ser arrinconados en el estercolero de la historia? ¿Y la revolución rusa como una historia para olvidar?

La revolución rusa, al igual que sus predecesoras, condensa luchas, en este caso del proletariado, la clase trabajadora, el campesinado y sus organizaciones. Luchas y reivindicaciones reprimidas con violencia y saña. La matanza de campesinos, mineros, estibadores, ferrocarrileros y operarios, cuyas luchas por el pan, el salario digno, el descanso dominical acabaron con la intervención de las fuerzas armadas y el asesinato de cientos y miles de hombres, mujeres y niños en las calles de Ciudad de México, Santiago, Lima, Buenos Aires, Río de Janeiro, Valparaíso, Bogotá, La Habana, San Salvador, etcétera, obliga a tener presente la revolución bolchevique y su gesta. Define su influencia en el movimiento obrero y sindical, en sus dirigentes y los militantes de la izquierda política y social.

Tras la revolución de octubre, los bolcheviques eran auténticos desconocidos en la región. Lecturas, noticias y asentamiento de los sóviets, tanto como los primeros viajes de los líderes sindicales y del movimiento obrero a la Rusia de Lenin, permitieron un conocimiento en detalle de quiénes eran los bolcheviques. Fue un punto de inflexión para el movimiento obrero internacional y, en especial, para América Latina. Sintetizó experiencias, formas de lucha y organización. Los movimientos por la paz, la denuncia de un Occidente en total descomposición, lleno de cadáveres en todas y cada una de las grandes urbes donde se combatía, fue levantando la bandera del socialismo, la paz, el antimperialismo, defendiendo el derecho de autodeterminación de los pueblos sometidos al dominio colonial.

Los deseos de revolución proletaria y del socialismo, contenidos en manifiesto comunista de Marx y Engels, era una realidad. Los dirigentes del movimiento obrero latinoamericano centraron sus esfuerzos en analizar sus consecuencias, en viabilizar la revolución bajo la hegemonía de un partido creado para la insurrección. Recabarren, Justo, Mella, Mariátegui, Prestes, entre otros, miraron a los sóviets. De bolcheviques a comunistas, y de comunistas a revolucionarios. Se abandonaron las discusiones entre anarcosindicalistas, marxistas, anarquistas, socialdemócratas. El debate se articuló bajo la dualidad socialistas versus comunistas. Fue como la Tercera Internacional entró en América Latina.

La insurrección, el partido vanguardia, la alianza obrero-campesina y la toma del poder sellan la influencia sobre el movimiento obrero latinoamericano y una parte de la izquierda. La desigual presencia de los partidos comunistas y la Tercera Internacional en el continente devino de la inmersión en las luchas sociales de sus líderes y fundadores. Sin duda eso marcó la historia de los partidos comunistas en la región, tanto como el estalinismo posteriormente. Eso es otra historia. Pero la revolución rusa no es patrimonio de los partidos comunistas. Lo es de quienes luchan contra el capitalismo, por una sociedad más justa, democrática, contra la explotación del ser humano, por la dignidad, los valores presentes en el manifiesto comunista y el pensamiento emancipador latinoamericano, donde encontramos el ejemplo del EZLN, José Martí, Zapata, Sandino, las hermanas Mirabal, Camilo Torres, Haydé Santamaría, Gabriela Mistral, Gioconda Belli, Fidel, Che, Allende, Juan Bosch y Hugo Chávez, entre otros.

Fuente:

http://unidadcivicaporlarepublica.es/index.php/imperio/latinoamerica/17580-ique-fue-de-la-revolucion-rusa-en-america-latina

Semana de homenaje a 100 años de la Revolución Rusa en La luna con gatillo

13 de noviembre de 2017 / Fuente: Resumen Latinoamericano

Entrevista a Ariel Petrucelli: “Lo que sigue vigente es la apuesta por un mundo más allá del capitalismo”

En el programa homenaje a los 100 años de la Revolución Rusa, de La Luna con Gatillo*, Mariano Pacheco entrevistó al escritor, docente y militante Ariel Petrucelli. Aprovechando su visita a Córdoba para participar de las Cátedras Bolivarianas del periódico Resumen Latinoamericano, Petrucelli reflexionó sobre la vigencia de la Revolución Rusa, habló de Marx y Bakunin, de ciencia y utopía y de la lucha mapuche.  

 

Mariano Pacheco (MP): Pensando los 100 años transcurridos de aquel episodio que abrió esa coyuntura internacional tan importante: ¿Qué te parece que nos puede dejar la Revolución Rusa? ¿Qué reflexiones te deja este aniversario?

Ariel Petrucelli (AP): Soy un poco reacio a los aniversarios. Yo creo que si a uno le parece que algo es importante le debe parecer todos los días de su vida y no en el momento en el que se conmemora circunstancialmente. Si vas a hacer de guevarista deberías hacerlo todos los días de tu vida. Pero es un poco inevitable en las efemérides, en especial en los años redondos como los 50 años, los 100 años y es casi una obligación que salga el tema.

Con respecto a la Revolución Rusa diría dos cosas importantes: creo que lo que sigue teniendo vigencia es la apuesta, la búsqueda de un mundo más allá del capitalismo. Es un legado indeleble: la esperanza, la expectativa, la posibilidad de ir más allá del capitalismo. Un mundo que no esté basado en la ganancia, la propiedad privada; un mundo fundado en la comunidad y solidaridad de los vínculos fraternos entre los seres humanos; creo que ese es el legado más profundo. Pero la manera en que esa aspiración se llevó a cabo, o se malogró, o transitó por senderos que terminaron siendo oscuros y quizá irreconocibles es toda otra parte importante de la cuestión.

Es muy posible que la formas de una revolución hipotética del siglo XXI sean profundamente distintas a cualquier cosa que haya pasado en 1917 y 1918 pero la aspiración sigue siendo la misma y esa aspiración es la que sigo reivindicando y me sigue conmoviendo, emocionando. Después, hay que estudiar la Revolución Rusa con todos sus problemas, con toda la frialdad y serenidad e información posibles.

MP- Te autodefinís con una identidad política marxista-libertaria, ¿cómo la explicarías?

AP- En principio implica la voluntad de utilizar a la teoría marxista como componente fundamental para entender el mundo y lo que pasa en él, es decir soy marxista en el sentido de utilizar las herramientas del materialismo histórico para comprender la realidad. En cuanto al adjetivo libertario apunta a subrayar algo que está en Marx, que está en el marxismo pero que muchas veces no ha estado suficientemente subrayado: la búsqueda de una convivencia democrática, la búsqueda de componentes autónomos y, en última instancia, el anhelo de la abolición del Estado que, por supuesto, está presente. Y remito a un texto de  Maximilien Rubel, el gran marxólogo, que se llama Marx Anarquista y rastrea los vasos comunicantes entre Mijaíl Bakunin y Marx.

 

MP- Algo de eso se ha intuido en tu recorrido de Ciencia y utopía en Marx y la tradición marxista que ha sido publicado por Herramienta y la editorial El colectivo. De algún algún modo Marx y Engels venían de una revisión crítica del socialismo utópico y una pretensión de fundar algo científico. Y como vos decís aquí, dicho crudamente, las pretensiones del autodenominado socialismo científico son científicamente insostenibles. Pero hay un núcleo que uno podría considerar de cierto peso científico dentro del marxismo que seguís reivindicando.

AP- Sin duda. Recién cuando vos leías la editorial sobre Lenin, en una especie de reflexión autocrítica, planteada en determinado pasaje, sobre la dificultad para pensarse dentro de cierta tradición. No sólo en este libro sino en toda mi obra intento revisar lo que haya que revisar sin perder en el camino a las cosas valiosas que nos remiten a esa tradición de izquierda revolucionaria donde el marxismo fue la fuerza aglutinante fundamental o la fuerza teórica fundamental pero no la única en ese sentido. Yo diría, junto con Marx, que perfectamente se puede no ser marxista.

Marx fue uno de los primeros en decir que no era marxista. O como uno de los grandes filósofos marxistas del mundo español, Manuel Sacristán, decía que él era marxista pero eso no era lo importante, lo importante yacía en que era comunista porque el comunismo incluye el marxismo pero lo trasciende y se trata sobre esa voluntad de pensar ecuménicamente.

En ese sentido lo que intento argumentar en el libro es que hubo ciertos excesos cientificistas presentes en la obra de Marx que hoy debiéramos cuestionar y rechazar, pero que habría que cuidarse mucho de caer en ese desliz muy posmoderno de la crítica del cientificismo en una especie de despojo de la ciencia como tal, de abandonar lo que me parece son características esenciales, claras, irrenunciables, del pensamiento científico que es: la erudición, la búsqueda de información documentada, la claridad y el rigor conceptual.

Cada una de estas características creo que forma un bagaje fundamental que no puede ser olvidado o desechado, pero ningún proyecto político revolucionario puede ser reductible a puro conocimiento científico. Porque, en todo caso, la ciencia nos puede dar un conocimiento no exacto pero sí muy sólido de las condiciones en las que podemos actuar pero nunca nos puede dar por sí misma los fines, los objetivos a los cuales nos tenemos que dirigir. En consecuencia, todo pensamiento político y revolucionario debe aunar dosis importantes de realismo científico para interpretar la realidad, de valores éticos para juzgarla y de realismo político para intervenir en ella.

MP- Para que el aniversario no sea letra muerta, pensar el horizonte, las perspectivas de la Revolución Rusa y los desafíos del Siglo XXI. En una perspectiva más situada con lo que conocemos que viene pasando en la Patagonia a partir del secuestro de Santiago Maldonado y la aparición de su cuerpo, sumado a toda la lucha del pueblo mapuche que en este programa hemos trabajado en más de una ocasión. Me gustaría preguntarte si hay algo ahí de la cuestión del ideario comunista, del concepto de lo comunitario, la comuna, ¿hay conexiones posibles que se puedan hacer con la lucha mapuche?

AP- No solo hay conexiones posibles y sino también reales. Por supuesto que la militancia nacionalista mapuche es muy amplia y diversa, está fragmentada en una cantidad muy grande de organizaciones: algunos que tienen más de treinta años de resistencia, otras más nuevas.

Pero dentro del amplio mundo de la militancia mapuche hay corrientes que reivindican o están muy próximas al pensamiento anarquista, hay algunas otras que tienen puntos de contacto con el marxismo. Santiago Maldonado, que estaba militando solidariamente, era claramente una persona ideas libertarias. No sé si se definía explícitamente como anarquista pero cuando uno lee las cosas que escribió o charla con la gente que lo conoció: Maldonado era un libertario con un espíritu anarco muy fuerte. Y personalmente conozco muchísimos militantes mapuches que tienen una simpatía anarquista o que hicieron un tránsito de una militancia barrial con perfil anarquista a una militancia al mundo mapuche y su comunidad. Y por otra parte conozco muchos casos de militantes que tienen algún tipo de vinculación con determinados partidos u organizaciones de izquierda.

Así que esos vínculos no sólo son posibles sino que están presentes y, por supuesto, hay otra vinculación muy importante que tiene que ver con el caso de los mapuches rurales, pero hay que destacar que hoy no son la mayoría. Hoy la mayoría vive en contextos urbanos: se habla de la mapurbe. Pero entre los que viven en contextos rurales, las relaciones comunitarias son muy fuertes porque la estructura de propiedad es comunal y por supuesto que la militancia mapuche en la ciudad busca constituir esos vínculos comunitarios.

Me parece que también la presencia mapuche en el campo sobre todo en lugares donde están atravesados por intereses turísticos o petroleros, etc. genera que haya una especie de grano incómodo para la propiedad privada y el capitalismo, porque no nos olvidemos de lo siguiente: las tierras mapuches son tierras comunitarias, no pueden ser compradas y vendidas y eso se convierte en un gran problema para las multinacionales o empresas capitalistas que operan en la zona. Porque si se tratara de pequeña propiedad campesina y la quieren ocupar las multinacionales, simplemente las pueden comprar, es una estrategia fácil.  Esto es mucho más difícil con las tierras comunales, por eso muchas veces es en las tierras de los pueblos indígenas donde se generan estos grandes problemas políticos.

 

MP- ¿Se puede establecer un vínculo entre el modelo productivo de Marx y cómo trabajan la tierra los mapuches?

AP- En los últimos años los mapuches en Neuquén y otros lados han estado a la vanguardia de la resistencia contra el fracking. Cuando fue la represión del año 2013 y se aprobó el acuerdo con Chevron con cláusulas secretas, los mapuches participaron muy fuertemente. No fueron los únicos, por supuesto, fue una movilización muy grande. Un compañero, Rodrigo Barreiro, recibió un balazo de plomo. Rodrigo estaba muy próximo a un grupo que portaba banderas mapuches, una cosa que habría que aclarar para que no se generen confusiones. Sería muy difícil hablar de cuál es la forma de concebir las cosas o la propiedad de los mapuches porque es algo que ha cambiado mucho a lo largo de tiempo y es muy diverso en el presente.

Por ejemplo hay un gran intelectual mapuche del oeste de la Cordillera, José Mariman, que dice: cuando uno se pregunta cuál es la cultura mapuche, ¿por cuál cultura se tendría que preguntar? la cultura del siglo XV antes del caballo, la cultura del siglo XVI centrada en el caballo, la cultura del siglo XIX más comercializada, la cultura después de la conquista que es casi la cultura del superviviente, la cultura de la mapurbe del siglo XX o del siglo XXI. No hay una cultura mapuche, es diversa, mudable, en permanente transformación. Tiene diferentes formas y simultáneamente diferentes características.

MP- ¿Qué perspectivas le ves a la idea comunista?

AP- A mí me gusta siempre decir que el marxismo es la teoría de crisis y como marco teórico está en crisis permanente. Yo creo que cuando vamos a hablar de perspectivas de comunismo estamos hablando en el sentido de una apuesta. Uno puede hacer un tipo de cálculo probabilístico y podría decir que, puesto que no sabemos cuál es el fin de la historia ni cuánto tiempo va a durar la humanidad, siempre cabe la posibilidad de que un orden como el que Marx ideó sea posible.

Lo fundamental no es tanto el cálculo de cuán posible es o cuánto tiempo podría demorarse sino que lo fundamental es la apuesta. Yo soy de los que piensa que una sociedad basada en la cooperación y la solidaridad es claramente un tipo de sociedad mucho mejor que una basada en la instrumentalización de las personas, en la ganancia, en la propiedad privada, en el egoísmo hecho sistema y, en consecuencia, uno lucha en el tipo de sociedad que quiere vivir. Por supuesto que seríamos ingenuos si no hiciéramos algún tipo de cálculo de cuán próximo está o en qué situaciones puede ser más favorable o menos favorable. No es tanto el cálculo detallado, siempre imperfecto, y las probabilidades reales. Lo troncal es el compromiso con el propio convencimiento de que es posible salir del capitalismo y es necesario construir una sociedad basada en la solidaridad y la igualdad.

Escuchá acá el audio de la entrevista completa en el programa de radio:

http://mx.ivoox.com/es/homenaje-100-anos-revolucion-audios-mp3_rf_21913932_1.html

Fuente: 

http://www.resumenlatinoamericano.org/2017/11/11/semana-de-homenaje-a-100-anos-de-la-revolucion-rusa-en-la-luna-con-gatillo-2/

 


 

Cuatro: Reseña de El psicoanálisis en la revolución de Octubre, editorial Topía (+ entrevista a Enrique Carpintero, compilador del libro)

 La intrepidez de un pensamiento audaz como el psicoanálisis y una época de expansión de la idea comunista. ¿Qué pasó con la práctica y los postulados impulsados por Sigmund Freud en las tierras donde por primera vez las ideas de Karl Marx funcionan como usina para poner en marcha la maquinaria de construcción de una nueva sociedad?

Por Mariano Pacheco

“El coraje es necesario para un hombre de acción, pero parece que es necesario un montón mucho mayor de audacia para pensar”

Prólogo a la versión rusa de Más allá del principio del placer

(Lev Vygotski y Alexander Luria)

Cinco autores ensayan cinco textos para abordar el vínculo entre marxismo y psicoanálisis en este año plagado de aniversarios fundamentales para la cultura de izquierdas en el mundo: 50 del asesinato de Ernesto Che Guevara, 150 de la publicación de El capital de Marx y, finalmente, 100 de la Revolución Rusa, acontecimiento sobre el que se concentra este libro. Publicado recientemente por editorial Topía, El psicoanálisis en la revolución de Octubre (compilado por el director de la revista Topía, Enrique Carpintero) cuenta con textos del propio Carpintero, de Eduardo Gruner, Alejandro Vainer, Hernán Scorofitz y Juan Carlos Volnovich. El libro tiene además un apéndice donde se reproduce el prólogo a la versión rusa de Más allá del principio del placer(emblemático libro de Sigmund Freud) escrito por Lev Vygotski y Alexander Luria, presentado por Juan Duarte quien realizó la traducción del ruso al castellano.

Reconstrucción de un imaginario revolucionario

En su texto titulado De Rusia: ¿con amor? Luces y sombras de la Revolución de Octubre, Eduardo Gruner contextualiza la situación de los primeros años del proceso soviético y su posterior decadencia, ascenso del stalinismo de por medio. El autor de El género culpable problematiza la relación entre memoria y olvido en el mundo contemporáneo llamando la atención sobre el “prestigio desmedido y peligro” que adquirió el concepto de memoria en el actual discurso de la “corrección democrática” y advierte asimismo sobre lo problemático de la estrategia del olvido del Ser de las revoluciones promovida por el poder: recordar todo el tiempo que estos procesos no valen la pena de ser recordados y mucho menos repetidos, colocando al fracaso de las apuestas revolucionarias como destino ineluctable de los procesos de transformación. Gruner se pregunta por qué se ha mitigado entre las masas el imaginario revolucionario, y afirma que hay que volver a discutir “el horizonte revolucionario como tal”. Recordando una frase del escritor Gilbert Chesterton, sentencia: “las causas perdidas son precisamente las que podrían haber salvado al mundo”.

En Los freudianos rusos y la Revolución de Octubre Carpintero destaca el hecho de que la revolución bolchevique haya abierto “el camino de la creatividad”, en todos los ámbitos, al romper con la rígida censura religiosa (en especial en las manifestaciones artísticas y científicas) y reconstruye el ingreso del psicoanálisis en Rusia a partir de una figura (Osipov) que, si bien tuvo sus posiciones políticas conservadoras (cuando triunfa la Revolución del 17 emigra a Praga), fue una figura muy importante en el período pre-revolucionario. Osipov, reseña Carpintero, fue un psiquiatra que había sido encarcelado en 1897 por haber participado del movimiento estudiantil y luego expulsado de la Universidad de Moscú, donde estudiaba Medicina (estudios que continúa luego en Alemania y Suiza). Años después (1906), al regresar a Rusia Osipov trabajó en la clínica de la Universidad de Moscú donde enseñó y practicó la terapia impulsada por Freud con quien poco después estudió en Viena convirtiéndose, a su vez, en uno de sus traductores al ruso. En 1910 junto con Moshe Wulff (el primer médico que practicó el psicoanálisis en Rusia) Osipov funda Psikhoterapiia, una revista en la que publica algunos artículos sobre teoría freudiana. Aparecieron 30 números de esta publicación desde su fundación hasta 1914 cuando deja de salir por razones económicas vinculadas al contexto de inicio de la Primera Guerra Mundial tras la que Wulff se establece en Moscú para abrir un departamento especializado en el abordaje de enfermos mentales desde una perspectiva psicoanalítica en una clínica psiquiátrica. A diferencia de Osipov, Wulff sí fue partidario de la Revolución de Octubre, aunque luego (1927) tuvo que emigrar producto de la persecución stalinista (su estadía en Berlín dura unos años, tras los cuales debe emigrar nuevamente ésta vez producto de la persecución del nazismo).

En su ensayo, Carpintero también realiza una reivindicación de mujeres que fueron fundamentales en esta historia de vínculos entre el marxismo y el psicoanálsis como Alexandra Kollantai, la primera mujer en participar de un gobierno y la primera en ejercer la función de representante ante un gobierno extranjero. “Con el nuevo gobierno fue elegida Comisaria del Pueblo de la Asistencia Pública, desde donde luchó para alcanzar la igualdad política, económica y sexual de hombres y mujeres” destaca Carpintero, quien recuerda que fue la “Rusia de los Sóviets” el primer lugar en el mundo en donde se estableció total libertad de divorcio y donde el aborto fue libre y gratuito (medidas anuladas luego por el stalinismo, quien se propuso afianzar la figura de la familia tradicional). También es recordada Tatiana Rosenthal formada en el feminismo, el freudismo y el marxismo, quien llegó a participar de las reuniones de los miércoles en casa de Freud, mujer que formó parte del “comité de bienvenida” a Lenin en abril de 1917 y dos años más tarde fue designada médica principal y supervisora de la sección clínica del Instituto de Patología Cerebral. Finalmente, Carpintero rescata a Sabina Spielrein, mujer que estudió medicina, se analizó con Jung y fue discípula de Freud, además de tener como paciente a Jean Piaget; figura también reivindicada por Juan Carlos Volnovich en su texto Sabina Spielrein. Expropiación intelectual de la historia del psicoanálsis en donde, entre otras cuestiones, recuerda que Sabina al llegar a Moscú fue recibida con todos los honores por las autoridades del Partido por ser considerada la psicoanalista mejor  formada en el país (luego integró la presidencia de la Unión Psicoanalítica y co-dirigió el Hogar psicoanalítico, además de ejercer la docencia en la Universidad de Moscú y el Instituto Estatal de Psicoanálisis, la única institución estatal de psicoanálisis en el mundo).

El ocaso de los ídolos

En La Revolución Rusa y sus resonancias entre psicoanalistas europeos. La construcción de una izquierda freudiana, Alejandro Vainer se propone romper con dos mitos fundamentales: el que coloca a Freud como un héroe (en sentido grandilocuente de “genio”) y el que restringe al psicoanálisis como una práctica específicamente burguesa.

Vainer destaca el carácter colectivo de los inicios del psicoanálisis en el cual maestros, pares y discípulos jugaron un rol fundamental dentro del “movimiento” emergente de una sociedad y una cultura determinadas. “La visión liberal burguesa del genio es la de un individuo, y no la del pico más alto de un movimiento que es histórico social, encarnado en lugares y en una producción colectiva de grupos de trabajo” destaca Vainer, argumentando contra la idea que coloca a Freud en el lugar de un “héroe iluminado” que creó solo el psicoanálisis.

Operación de lectura que realiza el coordinador general de la revista Topía cuando también desmitifica el carácter exclusivamente burgués del psicoanálisis. Y lo hace rescatando un texto del propio Freud de 1918 titulado Nuevos caminos en la terapia psicoanalítica, donde el profesor vienés afirma que los psicoanalistas pueden atender a las clases acomodadas de la sociedad, haciendo poco por las capas populares cuyo sufrimiento neurótico es “enormemente más grave”. “Esta ponencia de Freud fue muchas veces repetida y citada. Pocas veces puesta en su materialidad histórica y las consecuencias concretas para el movimiento psicoanalítico” sostiene Vainer antes de rescatar la experiencia de la “Budapest pre-revolucionaria” donde tuvo origen el proyecto de fundación de Clínicas Psicoanalíticas Gratuitas (expandidas por Europa) que también tuvieron lugar en centros neurálgicos como Berlín (1920) y Viena (1922) en momentos claves de sus procesos históricos con intentos revolucionarios en Alemania (como los encabezados por Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht de la Liga Espartaquista previos a la República de Weimar) y en medio de la “Viena roja” gobernada por el “austro-marxismo” que, entre otras cosas, llevó adelante una audaz política de salud pública en el marco del cual se desarrolló la experiencia del Ambulatorium. En Berlín, por ejemplo, el Poliklinik tuvo como política establecer los honorarios de acuerdo a las posibilidades que los pacientes manifestaban en su primera entrevista. Con instalaciones montadas a partir de la fortuna personal donada por Maz Eitingon, el lugar fue acondicionado por Ernest, el hijo arquitecto de Freud, y llegó a contar no sólo con habitaciones con divanes sino también con modernas técnicas de aislamiento acústico. Por allí pasaron 969 varones y 989 mujeres, la mayoría trabajadores, desocupados y estudiantes, en una quinta parte analizados gratuitamente (algo similar pasó en Ambulatorium, por donde pasaron 800 mujeres y 1445 varones).

Ambas experiencias cayeron al son del tambor de los nuevos aires de la historia. El avance del stalinismo en Rusia fue acompañado por el ascenso del fascismo en Italia y el nazismo en Alemania. Tal como destaca el autor: en la década del 30 “el giro a la derecha  de la Asociación Psicoanalítica Internacional terminó de consumarse”.

Encuentros y desencuentros

Cabe destacar el aporte realizado por Hernán Scorofitz  a esta publicación, quien en su ensayo León Trotsky, el freudiano de la revolución de octubre realiza un recorrido por las posiciones del jefe del Ejército Rojo en relación a la disciplina fundada por Sigmund Freud (esto dicho con todos los reparos ya mencionados por Vainer).

En este texto Scorofitz recuerda que Trotsky comienza a interesarse por el psicoanálisis en los años inmediatos a la revolución de 1905 mientras permaneció exiliado en Viena y frecuentó tertulias en cafés donde asistían personas pertenecientes al núcleo íntimo de Freud. Si bien el teórico de la revolución permanente tuvo momentos de mayor y menor entusiasmo frente a los postulados freudianos (una de sus hijas que frecuentaba divanes se suicidó), nunca consideró al psicoanálisis como “incompatible” con el marxismo como sí lo hizo la posición oficial del stalinismo, quien consideró al freudismo como “desviación burguesa”. De esto da cuenta en su texto Volnovich quien recuerda que en 1923 la Unión Psicoanalítica Rusa se incorpora a la Asociación Psicoanalítica Internacional (convirtiéndose el Instituto Psicoanalítico de Moscú en el tercer instituto de formación de psicoanalistas reconocido por Freud en el mundo) y al año siguiente -tras la muerte de Lenin- Trotsky cae en desgracia y el psicoanálisis pierde a su protector. Tiempo después se desmantelan instituciones de vanguardia como el Hogar de niños y el Instituto Estatal de Psicoanálisis, proceso que se acrecienta en 1930 cuando el Primer Congreso de Psicología de la Unión Soviética denuncia al freudismo como teoría reaccionaria y disuelve la Unión Psicoanalítica Rusa. Finalmente, en 1933 se prohibía el psicoanálisis en la URSS.

Coincidiendo con el centenario de la gesta de aquel pueblo que supo dar figuras como la de Vladimir Lenin y poner en marcha la construcción del primer Estado Obrero en el mundo, la salida de este libro en Argentina contribuye a repensar los vínculos entre las apuestas de los procesos de transformación material de la sociedad (hoy tan vigentes como hace un siglo) en serie con los procesos de transformación subjetiva, es decir, la relación existente entre el cambio en las relaciones de producción y las relaciones de los hombres y las mujeres (los devenires diversos en realidad) consigo mismo y con los demás.

Escuchá acá la entrevista a Enrique Carpintero en el Especial 100 años de la Revolución Rusa en La luna con gatillo:

http://mx.ivoox.com/es/luna-con-gatillo-homenaje-a-100-audios-mp3_rf_21915397_1.html

Fuente:

http://www.resumenlatinoamericano.org/2017/11/10/especial-100-anos-de-la-revolucion-rusa-en-la-luna-con-gatillo/

 

Los freudianos rusos y la revolución de Octubre

13 de noviembre de 2017 / Autor: Enrique Carpintero / Fuente: Página 12

El autor detalla el intenso desarrollo del movimiento psicoanalítico en Rusia antes y luego de la Revolución. Y plantea el desafío actual de desarrollar un pensamiento de izquierda que posibilite el surgimiento de un proyecto de emancipación social y político.

En octubre de 1917 los bolcheviques toman el poder en un país devastado. Mientras Rusia participa de la Primera Guerra Mundial comienza a desarrollarse una guerra civil desatada por los partidarios de la monarquía zarista y otros opositores al partido bolchevique. A esta situación debemos sumarle el boicot de las grandes potencias y una tremenda crisis económica y social. Esto llevó a que con el fin de alimentar a la población se habían abandonado a los animales del zoológico de Moscú; Pavlov para hacer su prueba con los famosos perros tuvo que pedir una autorización especial firmada por el propio Lenin. Esta anécdota refleja cómo a pesar de las profundas privaciones que caracterizaron esos primeros años de la revolución los avances científicos e intelectuales de esa época continuaron y, aún más, se multiplicaron. Es que la revolución había abierto el camino de la creatividad en todos los ámbitos al romper con la rígida censura religiosa, en especial en las manifestaciones artísticas y científicas. En este contexto, el psicoanálisis en Rusia se fue afianzando a partir de nuevas experiencias, aunque se encontró atrapado entre dos perspectivas que se le oponían radicalmente. Por un lado, desde la Internacional Psicoanalítica, que rechazó a las nuevas asociaciones rusas; las cuales nunca llegaron a tener un pleno reconocimiento por parte de los psicoanalistas vieneses quienes, en su mayoría eran conservadores antimarxistas que se oponían a la revolución rusa. Por otro lado, en el partido bolchevique, si bien había dirigentes que apoyaban el psicoanálisis, otros, a partir de una concepción economicista y mecanicista del marxismo, lo consideraban una práctica “burguesa y capitalista” a la cual había que oponerse. Sin embargo, el psicoanálisis no fue simplemente tolerado, ya que durante esos primeros años de la revolución trató de encontrar un espacio propio en la lucha para fundar las bases de una nueva organización de la sociedad; había la ilusión de poder encontrar “una ciencia psicológica” que junto al marxismo pudiera dar cuenta de “una nueva cultura socialista”. Aunque ser psicoanalista y de izquierda eran dos perspectivas que en Rusia iban a ser cada vez más difícil de compatibilizar.

Para dar cuenta de los cambios que se intentaban realizar en esa época para romper con el modelo de la familia patriarcal es necesario mencionar el lugar que ocupaba Alexandra Kollantai. Nació en San Petersburgo en 1872 en el marco de una familia liberal. De joven abrazó las ideas revolucionarias; para transformarse luego de la revolución en la primera mujer que participó en un gobierno y la primera en ejercer la función de representante en un gobierno extranjero. En los años ´20 pertenecía a la llamada oposición obrera del partido al cual cuestionaba por su excesivo centralismo. Su contribución principal fue aportar a la historia de la emancipación femenina y la libertad sexual. En la línea de Marx y Engels de El origen de la familia, la propiedad privada y el estado, Kollantai afirmaba que en la sociedad socialista la igualdad y el reconocimiento recíproco de los derechos debían constituirse en los principios de las relaciones entre hombres y mujeres. Con el nuevo gobierno revolucionario fue elegida Comisaria del Pueblo de la Asistencia Pública desde donde luchó para alcanzar la igualdad política, económica y sexual de hombres y mujeres. Es que a partir de la revolución las mujeres consiguieron el pleno derecho al voto, las leyes civiles hicieron del matrimonio una relación voluntaria, se eliminaron las diferencias entre hijos legítimos e ilegítimos, se igualaron los derechos laborales de la mujer a los del hombre y se dieron el mismo salario a las mujeres y un salario universal por maternidad. Así la Rusia de los Soviets fue el primer país del mundo donde se estableció la total libertad de divorcio y donde el aborto fue libre y gratuito. Ahora bien, una vez establecida la situación legal había que alcanzar una igualdad real y objetiva. Por ese motivo se lanzaron movilizaciones políticas entre las mujeres y en 1918 se celebró el primer Congreso de Mujeres Trabajadoras de toda Rusia. Kollantai creía que en la nueva sociedad la igualdad entre ambos géneros no solo se lograría con la transformación de las bases económicas que producen las desigualdades, sino también con un cambio en las relaciones sexuales entre las personas. Sin embargo, las ideas de Kollantai no fueron plenamente aceptadas por los dirigentes del partido; finalmente con el estalinismo se volvió al papel tradicional de la mujer y a una exaltación de la familia. Kollantai fue acusada de sectarismo por Stalin y alejada del país en misiones diplomáticas a Noruega, México y Suecia.

Aunque la concepción sobre la sexualidad que sostenía Kollantai en muchos sentidos era ajena a la defendida por Freud, los psicoanalistas rusos aportaban al desarrollo de estas ideas que implicaba romper con prejuicios muy arraigados en la sociedad. Además, debían seguir las duras condiciones que la realidad social y económica imponían a la sociedad. Mientras tanto, continuaban con la difusión del psicoanálisis. Ivan D. Ermarkov dictaba conferencias en el Instituto Psiconeurológico de Moscú y trataba de organizar un centro para niños perturbados menores de cuatro años que incluía como programa de formación un análisis para los que cuidaban de los niños. Esta problemática era una necesidad social debido a la gran cantidad de niños abandonados producto de la muerte de sus padres en la Gran Guerra o en la Guerra Civil que se estaba desarrollando. Moshe Wulff era profesor de la Universidad de Moscú. Ambos crean en 1921 la Asociación Psicoanalítica de Investigaciones sobre la Creación Artística que en el inicio tenía ocho miembros fundadores. Al año siguiente se funda la Sociedad Psicoanalítica de Moscú, que se organizó en tres secciones: la primera dedicada a los problemas psicológicos de la creatividad y la literatura dirigido por Ermarkov; la segunda llevada adelante por Wulff, que trabajaba en el análisis clínico, y la tercera se ocupaba de la aplicación del psicoanálisis al sistema educativo dirigida por el matemático y psicoanalista Otto Schmidt, esposo de Vera Schmidt.

Ese mismo año en Kazan se funda una segunda sociedad psicoanalítica bajo la dirección de Alexander Romanovich Luria. En este grupo, la mayoría de sus fundadores eran médicos, entre los que se encontraban Fridman y Averbuj, que en 1923 iban a traducir al ruso Psicología de las masas y análisis del yo. En la Sociedad Psicoanalítica de Moscú se forma el primer Instituto de Psicoanálisis del país que fue el tercero en el mundo junto al de Viena y Berlín. Su originalidad estaba dada por ser la única institución mundial sostenida financieramente por el Estado ya que se consideraba que el psicoanálisis podía desempeñar un papel importante en la construcción del socialismo. El hecho de conformarse como Instituto implicaba que podía formar analistas y, por lo tanto debía tener la aprobación de la Asociación Psicoanalítica Internacional (IPA). A excepción de Freud, casi todos los miembros de la IPA se oponían debido a la poca cantidad de médicos que formaban parte del Instituto ruso y a su oposición a los marxistas del Estado soviético. Para Ernest Jones, que lideraba la oposición, la idea de que un matemático como Otto Schmidt fuera vicepresidente le resultaba inexplicable. Finalmente, bajo la influencia de Freud, se conformó la Sociedad Psicoanalítica Panrusa que incluía a los psicoanalistas de Petrogrado, Kazan, Odessa, Kiev y Rostov. Como responsables quedaron Ermarkov, O. Schmidt y Luria. La formación teórica y técnica estaba en manos de Ermarkov, Wulff daba seminarios de medicina y psicoanálisis y Sabina Spielrein, que recién había llegado de Viena, se dedicaba al psicoanálisis de niños. Sin embargo “el problema ruso” –como lo llamaba Jones– continuaba. En 1924, en el Congreso de Psicoanálisis de Salzburgo se hizo una declaración donde se saludaba al nuevo grupo pero el Instituto Ruso quedó aislado de la IPA, pese a ser uno de los grupos más numerosos que participaron.

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El fin del psicoanálisis en Rusia

Las polémicas cada vez se hacían más duras y políticas; en especial luego de la muerte de Lenin en enero de 1924, cuando al psicoanálisis se lo asociaba con la oposición de izquierda a Stalin. Varios dirigentes de la revolución como Lunacharsky, Radek, Bujarin, Ioff y fundamentalmente Trotski defendían la práctica del psicoanálisis. Lenin nunca tomó posición sobre el tema; aunque conocía muy bien el debate a través de su esposa nunca se opuso al psicoanálisis. Si bien tenía una posición en relación a la sexualidad que podíamos denominar conservadora, como lo evoca en una memoria Klara Zetkin1, defendió la experiencia del “Hogar de niños” que dirigía Vera Schmidt. En este sentido, el historiador Alexander Etkind argumenta que el apogeo de la fuerza del psicoanálisis llegó en un momento –principios del ´20– cuando Trotsky estaba ejerciendo una gran influencia y su declinación coincide con su caída política. Por ello afirma que a pesar del apoyo de Krupskaia, la esposa de Lenin, y de Radek e incluso del apoyo de Stalin al “Hogar de niños” donde estaba su hijo, el vínculo de Trotski fue políticamente su fuerza principal y, en última instancia, el inconveniente2. Creemos –como venimos sosteniendo a lo largo de este artículo– que si bien Trotsky fue un factor importante, se dio una complejidad de factores tanto para su auge como para su caída.

Luego de la muerte de Lenin y la expulsión de Trotsky comienza una “caza de brujas” desarrollada por Stalin contra toda oposición a sus ideas basadas en el “socialismo en un solo país”. Se prohíbe la libertad de asociación, con lo que –para limitarnos al campo de la psicología– todas las corrientes psicológicas son perseguidas a excepción de la “oficial” que se basaba en una adaptación mecanicista de la psicología pavloviana. Se anula la legislación sobre el aborto y el divorcio para afianzar la familia tradicional. La homosexualidad pasa a ser considerada una “sexualidad perversa y degradada”; esto lo lleva a Máximo Gorki –claro exponente del realismo socialista– a afirmar que “en la tierra donde el proletariado gobierna con coraje y exitosamente, la homosexualidad, con sus efectos corruptos sobre los jóvenes, está considerada como un crimen social punible por la ley”3. En este marco se desarrolla en 1930 el Congreso sobre Comportamiento Humano, donde se realizan contundentes críticas a diferentes corrientes psicológicas que se las clasifica como “burguesas desviacionistas” y “capitalistas idealistas”. Allí Zalkind critica las bases del psicoanálisis y sostiene lo que había escrito el año anterior en sus “Doce mandamientos” para las relaciones de pareja donde –entre otras cuestiones– afirmaba: “El acto sexual no debe repetirse a menudo. No se debe cambiar seguido de partenaire. El amor debe ser monógamo. En el acto sexual, siempre se debe tener en cuenta la posibilidad de concebir hijos. La elección sexual debe ejercerse siguiendo criterios de clase; debe estar conforme a las finalidades de las revolucionarias y proletarias. La clase tiene el derecho a intervenir en la vida sexual de sus miembros”4. Todo un tratado reaccionario y totalitario sobre la sexualidad.

Es evidente que en este clima social y político era imposible que pudiera desarrollarse cualquier práctica con una mínima garantía de libertad, mucho menos la del psicoanálisis; para el estalinismo el objetivo del pensamiento marxista no era la crítica sino la fe: había que tener fe en un partido al cual se debía responder desde la sumisión; caso contrario se lo declaraba enemigo de la revolución. Pero debemos reconocer que, en la medida que se afianzaba el totalitarismo estalinista, se imponía el dogmatismo de la Segunda Internacional que se situaba en la tradición anti-psicológica presente desde los inicios de la revolución. Como venimos señalando, el marxismo se lo había encerrado en una concepción economista y mecanicista de la historia donde se establecía una relación directa entre la situación social, los intereses colectivos y la conciencia política. Dicho de otra manera: si se cambiaban las relaciones de producción se modificaban las relaciones del sujeto con sí mismo y con los otros. De esta forma con una interpretación voluntarista se dejaban de lado los determinantes subjetivos del sujeto para adherir a un proyecto de transformación social. Por ello los desarrollos para encontrar una relación entre psicoanálisis y marxismo se basaban en paradigmas positivistas que se transformaban en reduccionismos económicos o biológicos; como la pretendida psicología soviética de orientación pavloviana o el enfoque histórico-social.

En la actualidad han cambiado los paradigmas con los que se ha pensado la relación entre el psicoanálisis y el marxismo. Aún más, esta confluencia quedó en la historia. De allí que creemos necesario rescatar la noción de límite. Pero entendiendo el límite como positividad –en el sentido spinoziano del término–, es decir como potencia. Creemos que el límite epistemológico que hay entre el psicoanálisis y el marxismo permite la fecundidad para pensar un proyecto emancipatorio.

El sujeto del inconsciente no se corresponde con el sujeto de la historia. Freud parte del sujeto y, si bien reconoce la influencia de lo social, su interrogación se dirige a cómo lo social se inscribe en la subjetividad a partir de su historia personal.

En Marx, en cambio, el sujeto es social y el entramado social e histórico es el que explica la subjetividad. De esta manera la ontogénesis marxista (es decir, los procesos que sufren los seres vivos desde su fecundación hasta la vejez) no es asimilable al sujeto óntico del psicoanálisis (es decir, al ser). De allí la imposibilidad epistemológica de armonizar estos dos sistemas conceptuales que devienen en prácticas diferentes. Estamos en presencia de dos órdenes en la constitución del sujeto diferentes pero complementarios. No a partir de una hipotética conjunción sino a partir de sus límites y alcances comprensivos5.

En esta perspectiva podemos decir que si para Marx la historia es la historia de la lucha de clases ésta adquiere en cada proceso histórico en el interior de la cultura una complejidad que debemos dar cuenta. Es una ilusión creer que modificar las relaciones de producción presupone automáticamente un cambio en las relaciones de los sujetos, como clásicamente se pensó desde el marxismo. Si bien este es un paso necesario no es suficiente, como lo han demostrado las experiencias social totalitarias estalinistas. En ellas el pensamiento utópico escondía el sueño reaccionario del cierre completo de lo social y la creencia de una sociedad ideal basada en la imposición de una cultura organizada desde el Estado. Esta era la advertencia de Freud cuando decía: “Yo opino que mientras la virtud no sea recompensada ya sobre la Tierra, en vano se predicará la ética. Me parece también indudable que un cambio real en las relaciones de los seres humanos con la propiedad aportará aquí más socorro que cualquier mandamiento ético; empero, en los socialistas, esta intelección es enturbiada por un nuevo equívoco idealista acerca de la naturaleza humana, y así pierde valor de aplicación.”6

Dilucidar estos problemas sigue siendo un desafío para el desarrollo de un pensamiento de izquierda que permita un nuevo modo de apropiación de la realidad que posibilite el surgimiento de un proyecto de emancipación social y político.

* Psicoanalista. Fragmento del libro El psicoanálisis en la revolución de octubre, de reciente aparición. Enrique Carpintero (compilador), Eduardo Grüner, Alejandro Vainer, Hernán Scorofitz, Juan Carlos Volnovich, Juan Duarte, Lev Vygotski y Alexander Luria (Ed. Topía) 

Notas

1. Miller, Martín A., Op. Cit.
2. Etkind, Alexander, Eros de los imposible. La historia del psicoanálisis en Rusia, editorial Baulder Cobo, Madrid 1997.
3. Miller, Martín A., Op. Cit.
4. Chemouni, Jacquy, Trotsky y el psicoanálisis, ediciones Nueva Visión, Buenos Aires 2007.
5. Para un desarrollo de esta perspectiva ver Carpintero, Enrique y Vainer, Alejandro, “Psicoanálisis y Marxismo: historia y propuestas para el siglo XXI” en Pavón-Cuéllar, David (coordinador), Capitalismo y psicología crítica en Latinoamérica: del sometimiento neocolonial a la emancipación de subjetividades emergentes, editorial Kanakil, México 2017.
6. Freud, S. (1927), El porvenir de una ilusión, Obras completas XXI, editorial Amorrortu, Buenos Aires 1976.

Fuente:

https://www.pagina12.com.ar/71679-los-freudianos-rusos-y-la-revolucion-de-octubre

UNA QUE NO SEPA NADIE – LEÓN THEREMIN (Audio)

12 de noviembre de 2017 / Fuente: Mar en Coche

Inventó el instrumento que lleva su nombre, que se toca sin tocarlo y que encantó al propio Lenin, que mandó a fabricar 600 para distribuir por toda la Unión Soviética. Además, Lev Termen, tal su nombre original, diseñó equipos de espionaje que durante la Guerra Fría le permitieron a la URSS escuchar a la distancia al embajador norteamericano por años. Por si fuera poco, el primer instrumento que construyó un joven Robert  Moog de 15 años fue un theremin.

 

Fuente:

https://marencoche.wordpress.com/2017/11/07/una-que-no-sepa-nadie-leon-theremin/

El “gran culpable”, ¿Qué Lenin hoy? // Diego Sztulwark

12 de noviembre de 2017 / Autor: Diego Sztulwark / Fuente: Lobo Suelto

Ya era una transformación incorporal la que había extraído de las masas  una clase  proletaria en tanto  que agenciamiento de enunciación, antes de  que se dieran las condiciones
de aparición de un proletariado como cuerpo.     
G. Deleuze y F. Guattari

Claridad, a nombre de la vanguardia organizada del proletariado y de la juventud y los intelectuales revolucionarios del Perú, saluda la memoria del  gran maestro y agitador ruso.  

                                                                                                        José Carlos Mariátegui

   Para nosotros, los soviets no son importantes por sus formas: lo que nos interesa realmente es la clase de la que son expresión.                                                                                                            V. I. Lenin

 

El rechazo a Lenin es un signo de los tiempos y tal vez de lo que Walsh llamó “déficit de historicidad”. No hace falta escuchar a sus refutadores más encarnizados, a aquellos que lo asimilan al “totalitarismo”, como si el credo en la libertad del individuo resolviera el escándalo de la explotación social. Alcanza con escuchar a quienes lo reivindican para entenderlo. En el medio hay de todo: el peronismo festeja el óleo del pintor Daniel Santoro, que muestra a Eva Perón castigando a un Lenin bebé desnudo sobre su regazo, mientras que para el pensador post-obrerista italiano Franco Berardi (Bifo), Lenin es el exponente de un catastrófico Cristo oriental, cuya búsqueda de pureza –procedente del espiritualismo ruso- llevó al bolchevismo a desprenderse de las pulsiones del proletariado en favor de la encarnación de una Idea. Si para el peronismo, con la exclusión desde luego de John W. Cooke y del llamado peronismo revolucionario, Lenin es un impulso extremo incapaz de centro, para el postobrerista se trata de un sujeto en colapso psíquico, de una inteligencia depresiva resuelta por la vía de una aceleración voluntarista propiamente masculina. Y hay más. La crítica libertaria acentuará su autoritarismo, el comunismo de guerra, la represión de la rebelión de Kronstadt. No es el caso de Rosa Luxemburgo -asesinada por la socialdemocracia en 1919, cuando el leninismo de Estado aun no se había desarrollado lo suficiente-, cuya polémica sobre la espontaneidad de las masas se asentaba sobre otra base de afinidades comunes. Tampoco es el caso de León Trotsky, cuya profunda admiración por Lenin está reflejada en su extraordinario libro Mi vida. También es diferente el caso de el Che Guevara, que adopta de Lenin –más que de Marx- su compresión de la revolución como excepción, pero lo critica –lo llama “el gran culpable”- cuando estudia la bibliografía de los manuales procedentes de la URSS que circulaban en Cuba en los inicios de los años 60, apuntando sobre los peligros de la teorización leninista de la Nueva Economía Política, que hacía subsistir la ley del valor en el socialismo. ¿Cuándo comenzó a pudrirse la revolución? ¿Con la estatización de los soviets? ¿Con la burocratización del centralismo democrático? ¿Con la llegada al poder de Stalin? Todas las preguntas acumuladas a lo largo del siglo XX –siglo que culmina con la restauración- ahora se levantan contra él, acusatorias.

Como balance del ciclo de las revoluciones subsiste un reproche. La revolución sólo fue una ilusión, lo único real parecen ser sus costos. El realismo se ha vuelto antileninista. Y se llena la boca hablando de “Estado de derecho”. Sin importar lo que hay de ilusión en sus propios razonamientos. Sin pudor por sostener un ideal democrático castrado. Un realismo sin revolución cuyo único efecto verificable es el de incapacitar a la democracia para toda actividad igualitaria. La propia izquierda asume este balance cuando lee a Gramsci sin Lenin, y olvida que Lenin era para Gramsci la hipótesis misma del “príncipe colectivo”. Es la tesis de la traductibilidad. Gramsci interesa justamente por ser un leninista agudo. Es decir, por captar en Lenin a Maquiavelo. ¿Cómo hacen los profesores de teoría política para enseñar la grandeza del florentino sin mencionar al ruso? Hasta Karl Schmitt, el pensador extremo de lo político como comunidad estatal (la política como enemistad entre los Estados), proclamaba la genialidad de su principal enemigo, el inventor de una política distinta, “partisana”, capaz de destruir la politización del Estado por la vía de la politización del antagonismo de clases.

Foto tomada el 6 de octubre de 1918, en Moscú

La cuestión de un realismo político revolucionario proviene de Maquiavelo. Se trata justamente de comprender lo político como aquello que se pierde cuando se activan la ilusión y la utopía, cuestión esta última perfectamente clara para un Gramsci o un Schmitt. Como cualquier otra, la ilusión revolucionaria conduce a la desilusión, esteriliza la estructura cognitiva propia de lucha democrática (la crisis, la lucha de masas, la revolución son también experiencias epistémicas, modos de pensar). Según el autor de El Príncipe, lo propio de los sujetos consiste en proyectar sus deseos y confiar en ellos a costa de los signos que evidencian el peso imponente del orden real que desearían transformar. De allí que la política tenga algo de difícil, una ciencia (o un arte). Maquiavelo llama “fortuna” a esa red viva de encadenamientos causales, en continua recombinación, que determina mutaciones incalculables sobre las situaciones sobre las que se aspira a actuar. El choque entre lo continuo del deseo –ilusión- y la variabilidad de las determinaciones –fortuna- abre para Maquiavelo el saber propiamente político de la “virtud”, que no es otra cosa que la capacidad de activar una analítica parcial (fechada) y local (circunscripta) sobre aquellos movimientos que afectan la situación en el corto plazo, de modo que la acción se ajuste a los posibles que sugiere la cadena de determinaciones. ¿Y Lenin? Mediante su lectura de las luchas de fines del siglo XIX ruso y de La Lógica de Hegel y El Capital de Marx, el líder bolchevique actualiza la cartografía del saber político maquiaveliano, fundado siempre en el antagonismo, en la constitución de un “sujeto finito” -forjador de ideas de corto plazo-, y en un intenso anti-utopismo, como modo de prevenir la absorción de este saber provisorio y de tipo estratégico hacia un plano de trascendencia moral o teológico (“la fantasmagoría del deber ser”)[1].

Luego de décadas de glorificación sobrevienen décadas de demonización. La ortodoxia leninista en todas sus variantes deshistoriza en beneficio del antileninismo. Dos caras de un mismo borramiento. Salvo, quizás, que subsista una recuperación subversiva, libre y desobediente de toda mistificación, capaz de componer un Lenin más allá de todo “leninismo”. ¿Es posible concebir un Lenin cartográfico, fascinado con la espontaneidad de la lucha de masas? ¿Existió eso? Tal vez. Puede rastrearse, es solo un ejemplo, el bellísimo seminario que dictó Antonio Negri, en 1972, en el Instituto de Ciencias Sociales de la Facultad de Ciencias Políticas de Padua, publicado bajo el título La fábrica de la estrategia. 33 lecciones sobre Lenin. Debe haber más. ¿Un Lenin autonomista? Sí. Un Lenin que apuntó a la creación de una forma política a la altura de la espontaneidad de las luchas, de la complejidad de la formación social rusa, de la articulación entre lucha económica y política, y de la afirmación de deseos y aspiraciones proletarias y populares. No se trata de la vigencia eterna de Lenin, puesto que la estrategia se ajusta a una coyuntura y a una determinada “composición de clase” (y la teoría del partido de Lenin se corresponde, según Negri, con la fase de subsunción formal de trabajo en el capital), sino de una lectura que actualiza el punto de vista revolucionario. El Qué hacer debe ser traducido nuevamente. Se ha entendido todo mal. La tesis de una vanguardia “exterior” a la clase trabajadora hizo olvidar que dicha vanguardia es obrera, que la ciencia de partido es el punto de vista de la lucha plebeya -no un nuevo positivismo vulgar-, y que en el Occidente moderno –traductibilidad gramsciana-, donde la subsunción del trabajo al capital ha llegado a ser real, el análisis teórico no tiene porqué provenir de un grupo separado sino de los mismos movimientos en lucha. El propio centralismo democrático, dice Negri, no sería otra cosa que una necesidad dependiente del contexto de la autocracia rusa. Partido de la inmanencia como transición revolucionaria en que la vanguardia deviene “vanguardia de masas”. Un Lenin contemporáneo necesita de nuestra propia contemporaneidad, es decir, de una actualización cartográfica.

Lenin fue leído también como potencia nominalista, una de las “mil mesetas” de Deleuze y Guattari. En A propósito de las consignas (1917) los autores encuentran “un tipo de enunciado específicamente leninista en la Rusia Soviética”. Se trata, dicen, de una máquina de enunciación propiamente literaria. Como en Kafka: escribir es adelantar el reloj: huir, sostenerse y agarrar el mundo. La política trabajando el lenguaje desde su interior. Si la Primera Internacional “inventa” un nuevo tipo de clase (“Proletarios de todos los países del mundo, uníos.”), la ruptura leninista con la socialdemocracia inventa una segunda “transformación incorporal” que extrae de la clase proletaria una vanguardia como “agenciamiento de enunciación” (“a riesgo de caer en un sistema de redundancia específicamente burocrático”). Interesados por fechar acontecimientos, los autores citan a Lenin cuando afirma que la consigna “todo el poder a los soviets” solo fue válida entre el 27 de febrero y el 4 de julio de 1917. Es decir, fue útil para el desarrollo pacífico de la revolución pero ya no para la guerra. Y es que, dice Lenin,  “toda consigna debe ser deducida de la suma de particularidades de una situación política dada”. La idea de que la actividad política es capacidad de escucha y alianza con el síntoma presente en el campo social divido en clases es quizás la más pervertida por las tecnologías de los focus group.

Lo que nos separa de Lenin es demasiado, aunque su nombre permanezca como representante de un realismo revolucionario peligrosamente ausente. No es que no haya aparecido nada desde entonces, pero no es tanto lo que se hizo en nombre de la revolución por fuera del lenguaje leninista. Quizás por el lado de Félix Guattari se puedan encontrar síntesis originales. Su noción de “transversalidad” (y luego la de metamodelización) permite reunir radicalidades diversas. “Ecologías” las llama. Guattari supo sostener una atención múltiple a planos de existencia de los más variados. Su “revolución molecular” se nutría de procesos activos -movimientos sociales, tecnológicos, artísticos, salud mental, mundo “psi”, partido verde, feminismo, obrerismo italiano y un largo etcétera-, en diferentes lugares del mundo como en Brasil y Japón. Toda su obra es un intento de actualización cartográfica de los flujos del capital (Capitalismo Mundial Integrado, época de la subsunción de la vida en el capital) y de subjetivaciones deseantes. ¿Hay lugar en esta proliferación para un realismo revolucionario? ¿Es aún necesaria la organización y la estrategia cuando lo que ocurre es una pluralidad heterogenética que multiplica los posibles de intervención en un campo social tomado por el caos y la complejidad? Estimo que sí, que si la “caósmosis” guattariana acaba con el postulado de una instancia política como instancia privilegiada (fetichismo de lo político), no es porque renuncie al problema principal de la revolución –el antagonismo de clases en la relación social capitalista- sino porque se deshace de estereotipos y nostalgias.

La proliferación de movimientos y subjetivaciones que recorrió el territorio sudamericano durante la última década corre riesgos de perderse, si no emerge un realismo revolucionario capaz de volver a trazar una correlación entre la materialidad de las luchas, las formas de reproducción material y la naturaleza de las instituciones. La revolución no es tanto el diseño  de una voluntad como el movimiento absoluto de la tierra. Movimientos tan reales como incalculables (“fortuna”). El pensamiento político y filosófico de ese absoluto (“virtud”) solo puede ser vivido como algo raro e inminente. De ahí el estado anacrónico de “preparación” en que vive el revolucionario. Prepara una figuración inédita: La de un “príncipe” (como decía del poder colectivo el comunista Gramsci; una “entidad emergente-heterogénea”, siguiendo a Guattari) capaz de dramatizar la afirmación de una autonomía que haga de lo común el fundamento de la “República”. No se trata por tanto de evocar a Lenin eludiendo toda definición sobre nuestra relación con él. No. A Lenin lo necesitamos aún cuando ya no lo asumamos como premisa, como un sistema de fidelidades, citas o esquemas a presuponer. Lo que nos liga a él es una confrontación íntima e inacabada sobre la forma política que permite la afirmación de la autonomía del trabajo vivo. Esa forma política que articula, habilita la decisión colectiva y puede ensayar formas de neutralizar la violencia represiva, sigue pesando, en su ausencia, sobre nuestra coyuntura.

[1] Ver Gabriel Albiac, Sumisiones voluntarias. La invención del sujeto político: De Maquiavelo a Spinoza. Tecnos, Madrid, 2011.

 

 

Fuente: 

http://lobosuelto.com/?p=12913

CLINAMEN: ¿QUÉ LENIN HOY? (Audio)

12 de noviembre de 2017 / Fuente: Mar en Coche

Diego Sztulwark reflexiona sobre los 100 años de la Revolución Rusa y propone una perspectiva posible para analizar sus influencias hoy. “La revolución no es tanto el diseño de una voluntad como el movimiento absoluto de la tierra”, propone.

Lee el artículo completo en Lobo Suelto.

 

Fuente:

https://marencoche.wordpress.com/2017/11/07/clinamen-que-lenin-hoy/