Formación: “Las elecciones a la Asamblea Constituyente y la Dictadura del Proletariado” por V. I. Lenin (Extractos)

Formación: “Las elecciones a la Asamblea Constituyente y la Dictadura del Proletariado” por V. I. Lenin (Extractos)

“Los socialistas y los socialdemócratas de la II Internacional se atienen al punto de vista de la democracia pequeñoburguesa vulgar, compartiendo su prejuicio de que las votaciones puedan resolver los problemas cardinales de la lucha de clases.” Lenin.
Vladimir Ilich Lenin
Caracas, enero 2016. Voz Proletaria.- El presente texto, corresponde al tomo 10/12 de las obras escogidas de Lenin, donde este gran revolucionario hace un balance de las elecciones a la Asamblea Constituyente en Rusia de noviembre de 1917. En el texto, Lenin expone algunas características de la democracia burguesa y somete a profunda crítica las ilusiones electoralistas y parlamentarias de algunos sectores de la pequeña burguesía.
En los actuales momentos, se hace necesario el estudio de las experiencias históricas y por medio del debate sacar de ellas las enseñanzas necesarias para la organización y la lucha de los revolucionarios de la actualidad.
El presente texto es un extracto del artículo de Lenin que se puede encontrar en el tomo X de las obras escogidas, específicamente en la página 140. (Click para ver el libro)
“Las elecciones a la Asamblea Constituyente y la Dictadura del Proletariado” por V. I. Lenin (Extractos)
V
…Sólo los ilusos demócratas pequeñoburgueses y sus principales representantes de hoy día los “socialistas” y los “socialdemócratas” pueden imaginarse que, bajo el capitalismo, las masas trabajadoras están en condiciones de adquirir la conciencia, la firmeza de carácter, la sagacidad y la amplia visión política necesarias para tener la posibilidad, sin pasar por una larga experiencia de lucha, de decidir por simple votación, o en general de decidir de antemano, por cualquier procedimiento, cuál es la clase o el partido que han de seguir.
Eso es una ilusión. Es una fábula empalagosa de pedantes y melifluos socialistas del tipo de los Kautsky, los Longuet y los MacDonald.
El capitalismo dejaría de ser capitalismo si, de una parte, no condenase a las masas a un estado de embrutecimiento, agobio, terror, dispersión (el campo) e ignorancia, y si, de otra parte, no pusiese en manos de la burguesía un gigantesco aparato de mentiras y engaños para embaucar en masa a los obreros y campesinos, para embrutecerlos, etc.
Por eso, sólo el proletariado es capaz de sacar a los trabajadores del capitalismo y conducirlos al comunismo. No cabe ni pensar que las masas trabajadoras pequeñoburguesas o semipequeñoburguesas puedan decidir de antemano el complicadísimo problema político que plantea el dilema: “con la clase obrera o con la burguesía”. Son inevitables las vacilaciones de las capas trabajadoras no proletarias, es inevitable que estas capas adquieran la experiencia práctica que les permita comparar la dirección de la burguesía y la dirección del proletariado.
Esta circunstancia es la que constantemente pierden de vista los devotos de la “democracia consecuente”, quienes se imaginan que con votaciones se pueden resolver los problemas políticos más importantes. En realidad, estos problemas, si se trata de problemas agudos y exacerbados por la lucha, los resuelve la guerra civil, en la que desempeña un papel enorme la experiencia de las masas trabajadoras no proletarias (los campesinos en primer término), la experiencia de comparar, de confrontar el poder del proletariado con el poder de la burguesía.
Las elecciones a la Asamblea Constituyente, celebradas en Rusia en noviembre de 1917, son muy aleccionadoras en este sentido, si se las compara con los dos años de guerra civil (1917-1919).
Véanse las zonas que resultaron ser menos bolcheviques, En primer lugar, la zona Oriental-Urales y Siberia, con un 12% y un 10% de los votos respectivamente a favor de los bolcheviques. En segundo lugar, Ucrania, con un 10% de los votos a favor de los bolcheviques. Entre las demás zonas, el porcentaje más bajo en favor de los bolcheviques lo da la zona campesina del Volga-Tierras Negras de la Gran Rusia, y aun en ella el 16% de los votos correspondió a los bolcheviques.
Pues bien, precisamente en las zonas donde, en noviembre de 1917, el porcentaje de votos a favor de los bolcheviques ha sido más bajo es donde observarnos los mayores éxitos de los movimientos contrarrevolucionarios, de las insurrecciones y de la organización de las fuerzas contrarrevolucionarias. Precisamente en esas zonas fue donde se mantuvo meses y meses el poder de Kolchak y Denikin.
Las vacilaciones de la población pequeñoburguesa se manifiestan con particular nitidez en las zonas donde es menor la influencia del proletariado:
Primero, a favor de los bolcheviques, cuando éstos dieron la tierra y cuando los soldados desmovilizados llevaron la noticia de la paz. Después, contra los bolcheviques, cuando éstos, en aras del desarrollo internacional de la revolución y del mantenimiento de su foco en Rusia, aceptaron la paz de Brest e “hirieron” los más profundos sentimientos pequeñoburgueses, los sentimientos patrióticos. La dictadura del proletariado no fue del agrado de los campesinos, principalmente en aquellas zonas donde había más excedentes de cereales, cuando los bolcheviques demostraron que exigirían rigurosa e imperiosamente que esos excedentes fueran entregados al Estado a precios fijos. Los campesinos de los Urales, Siberia y Ucrania se volvieron hacia Kolchak y Denikin.
Más tarde, la experiencia de la “democracia” kolchakíana y denikiniana, proclamada por todos los plumíferos en cada número de los periódicos de los guardias blancos que se editaban en el territorio ocupado por las tropas de Kolchak y Denikin, demostró a los campesinos que las frases acerca de la democracia y la “Constituyente” no eran más que una tapadera para ocultar la dictadura del terrateniente y del capitalista.
Comienza un nuevo viraje hacia el bolchevismo. Multiplícanse las insurrecciones campesinas en la retaguardia de Kolchak y Denikin. Los campesinos acogen a las tropas rojas como a sus liberadores.
Estas vacilaciones del campesinado, representante principal de las masas trabajadoras pequeñoburguesas, fueron precisamente las que en última instancia decidieron la suerte del Poder soviético y del poder de Kolchak y Denikin. Pero hasta llegar a esa “última instancia” hubo de pasar un período bastante largo de luchas y pruebas dolorosas, que al cabo de dos años no han terminado aún en Rusia, y no han terminado precisamente en Siberia y en Ucrania. Además, no podemos asegurar que vayan a terminar definitivamente, pongamos por caso, en un año o algo por el estilo.
Los partidarios de la democracia “consecuente” no han meditado en la significación de este hecho histórico. Lo mismo que antes, siguen arrullándose con el cuento infantil de que, bajo el capitalismo, el proletariado puede “convencer” a la mayoría de los trabajadores y atraérselos firmemente a su lado mediante votaciones. Pero la realidad nos demuestra que únicamente después de una lucha larga y encarnizada es cuando la dura experiencia sufrida por la vacilante pequeña burguesía la lleva a la conclusión, una vez comparada la dictadura del proletariado con la dictadura de los capitalistas, de que aquélla es mejor que ésta.
Todos los socialistas que han estudiado el marxismo y que desean tener en cuenta la experiencia proporcionada por la historia política de los países avanzados en el siglo XIX, reconocen en teoría la inevitabilidad de que la pequeña burguesía vacile entre el proletariado y la clase capitalista. Las raíces económicas de estas vacilaciones han sido puestas de manifiesto con toda evidencia por la ciencia económica, cuyos postulados han sido repetidos millones de veces en los periódicos, en las proclamas y en los folletos de los socialistas de la II Internacional.
Pero la gente no sabe aplicar esos postulados a la época peculiar de la dictadura del proletariado, y suplanta la lucha de clases por prejuicios e ilusiones democrático-pequeñoburgueses (acerca de la “igualdad” de las clases, la democracia “consecuente” o “pura”, la solución de los grandes problemas históricos mediante votaciones, etc.). No quiere comprender que el proletariado, al conquistar el poder estatal, no interrumpe su lucha de clase, sino que la continua en otra forma y con otros procedimientos. La dictadura del proletariado es la lucha de clase del proletariado a la cual sirve de instrumento el poder estatal y una de cuyas tareas es demostrar a las masas trabajadoras no proletarias, mediante una larga experiencia, a través de una larga serie de ejemplos prácticos, que para ellas es más beneficioso apoyar la dictadura del proletariado que la dictadura de la burguesía, y que fuera de eso no puede haber ninguna otra solución.
Los datos sobre las elecciones a la Asamblea Constituyente, en noviembre de 1917, nos dan el fondo principal del cuadro que muestra el desarrollo de la guerra civil durante los dos años transcurridos desde aquella fecha. En las elecciones a la Asamblea Constituyente aparecen ya con toda claridad las fuerzas principales de esa guerra: aparece el papel de la “fuerza de choque” del ejército proletario; aparece el papel del campesinado vacilante; aparece el papel de la burguesía. “Los demócratas constitucionalistas -dice N. Sviatitski en su artículo- lograron sus mayores éxitos en las mismas zonas que los bolcheviques: en la zona Norte y en la Central Industrial” (pág. 116). Es natural que los centros capitalistas más desarrollados fueran los lugares donde resultaron ser más débiles los elementos intermedios, situados entre el proletariado y la burguesía. Es natural que en esos centros la lucha de clases apareciera en la forma más tajante. Allí era, precisamente, donde se hallaban las fuerzas principales de la burguesía; allí, y sólo allí, era donde el proletariado podía derrotar a la burguesía. Y el proletariado era el único que podía derrotarla por completo. Y sólo derrotándola por completo podía el proletariado utilizar como instrumento el poder estatal para ganarse definitivamente la simpatía y el apoyo de las capas pequeñoburguesas de la población.
Los datos de las elecciones a la Asamblea Constituyente, si se sabe utilizarlos y se sabe leer en ellos, nos muestran una y otra vez la realidad de los postulados de la teoría marxista de la lucha de clases…
VI
La confrontación de las elecciones a la Asamblea Constituyente en noviembre de 1917 con el desarrollo de la revolución proletaria en Rusia desde octubre de 1917 hasta diciembre de 1919, nos permite sacar conclusiones que se refieren al parlamentarismo burgués y a la revolución proletaria en cualquier país capitalista. Trataremos de exponer brevemente o de esbozar, por lo menos, las conclusiones principales.
  • El sufragio universal es un exponente del grado en que las diversas clases comprenden sus tareas. Muestra en qué forma tienden las diversas clases a cumplir sus tareas. El cumplimiento mismo de estas tareas no lo da la votación, sino todas las formas de la lucha de clases, comprendida la guerra civil.
  • Los socialistas y los socialdemócratas de la II Internacional se atienen al punto de vista de la democracia pequeñoburguesa vulgar, compartiendo su prejuicio de que las votaciones puedan resolver los problemas cardinales de la lucha de clases.
  • El partido del proletariado revolucionario necesita participar en el parlamentarismo burgués para ilustrar a las masas; y esto se consigue mediante las elecciones y la lucha de los partidos en el parlamento. Pero limitar la lucha de clases a la lucha dentro del parlamento, o considerar que esta última es la forma superior y decisiva de lucha y que todas las demás formas están supeditadas a ella, significa pasarse de hecho al lado de la burguesía, contra el proletariado.
    • Este paso al lado de la burguesía lo realizan prácticamente todos los representantes y partidarios de la II Internacional y todos los líderes de la socialdemocracia alemana llamada “independiente” cuando, reconociendo de palabra la dictadura del proletariado, de hecho tratan de inculcar a éste, mediante su propaganda, la idea de que debe empezar por conseguir, bajo el capitalismo, la expresión formal de la voluntad de la mayoría de la población (es decir, la mayoría de los votos en el parlamento burgués), para que advenga después el paso del poder político a manos del proletariado.
Todas las jeremiadas, que tienen su origen en esta tesis y que los socialdemócratas “independientes” alemanes y demás líderes del socialismo podrido lanzan contra la “dictadura de la minoría”, etc., no expresan sino su incomprensión de la dictadura de la burguesía, que domina de hecho hasta en las repúblicas más democráticas, su incomprensión de las condiciones en que esa dictadura ha de ser destruida por la lucha de clase del proletariado.
    • Las causas de esa incomprensión residen sobre todo en el olvido de que el dominio de los partidos burgueses se debe en gran parte al engaño de que hacen víctima a las masas de la población, a la opresión ejercida por el capital, a lo que debe añadirse la engañosa opinión que se tiene acerca dela esencia del capitalismo, lo cual caracteriza sobre todo a los partidos pequeñoburgueses, que por lo común quieren sustituir la lucha de clases con formas más o menos veladas de conciliación de clases.
“Que antes -manteniéndose en pie la propiedad privada, es decir, el poder y el yugo del capital- la mayoría de la población se pronuncie a favor del partido del proletariado; sólo entonces podrá y deberá éste tomar el poder”, dicen los demócratas pequeñoburgueses, de hecho criados de la burguesía, que se llaman “socialistas”.

“Que antes el proletariado revolucionario derribe a la burguesía, acabe con la opresión del capital, destruya el aparato del Estado burgués; entonces podrá el proletariado victorioso ganarse rápidamente las simpatías y el apoyo de la mayoría de las masas trabajadoras no proletarias, satisfaciendo las necesidades de estas masas a expensas de los explotadores”

      , decimos nosotros. Lo contrario constituiría en la historia una rara excepción (y aun en el caso de que se diera esa excepción, la burguesía podría recurrir a la guerra civil, como lo ha demostrado ya el ejemplo de Finlandia

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    ).
    • O con otras palabras:


“Comprometámonos antes a reconocer el principio de la igualdad o de la democracia consecuente -manteniéndose en pie la propiedad privada y el yugo del capital (es decir, una desigualdad de hecho a la par que una igualdad formal)- y busquemos, sobre esta base, la decisión de la mayoría”, dice la burguesía y dicen sus acólitos, los demócratas pequeñoburgueses, que se llaman socialistas y socialdemócratas.

“Primero, la lucha de clase del proletariado, conquistando el poder estatal, derriba los pilares y los cimientos de la desigualdad de hecho; después, el proletariado, que ha derrotado a los explotadores, conduce tras de sí a todas las masas trabajadoras hacia la supresión de las clases, es decir, hacia esa igualdad, la única socialista, que no constituye un engaño”

    , decimos nosotros.
    • En todos los países capitalistas, además del proletariado, o de esa parte del proletariado que tiene conciencia de sus tareas revolucionarias y es capaz de luchar por su realización, figuran capas trabajadoras numerosas inconscientemente proletarias, semiproletarias y semipequeñoburguesas, que siguen a la burguesía y a la democracia burguesa (incluidos aquí los “socialistas” de la II Internacional), pues están engañadas por ella, no tienen fe en sus fuerzas ni en las fuerzas del proletariado y no comprenden que pueden satisfacer sus necesidades más apremiantes a costa de la expropiación de los explotadores.
    Estas capas trabajadoras y explotadas proporcionan a la vanguardia del proletariado aliados, con cuyo concurso tiene éste una firme mayoría de la población, pero el proletariado sólo puede ganarse esos aliados utilizando como instrumento el poder del Estado, es decir, únicamente después de haber derribado a la burguesía y destruido su aparato estatal.
    • En cualquier país capitalista, la fuerza del proletariado es incomparablemente mayor que su proporción numérica en la masa general de la población. Y esto es así porque el proletariado domina económicamente en el centro y en el nervio de todo el sistema económico del capitalismo, y también porque, bajo el capitalismo, el proletariado expresa, económica y políticamente, los verdaderos intereses de la inmensa mayoría de los trabajadores. 

Por eso, incluso cuando constituye una minoría de la población (o cuando su vanguardia consciente y verdaderamente revolucionaria constituye una minoría de la población), el proletariado es capaz de derribar a la burguesía y de ganarse después muchos aliados entre esa masa de semiproletarios y pequeños burgueses que no se manifestará jamás a favor del dominio del proletariado, no comprenderá las condiciones y las tareas de ese dominio y a la que sólo su experiencia ulterior convencerá de que la dictadura del proletariado es inevitable, acertada y necesaria.

  • Finalmente, en cada país capitalista hay siempre capas muy amplias de la pequeña burguesía que vacilan inevitablemente entre el capital y el trabajo. Para triunfar, el proletariado debe, en primer lugar, elegir acertadamente el momento de su ataque decisivo contra la burguesía, teniendo en cuenta, entre otras cosas, la división entre ésta y sus aliados pequeñoburgueses o la inestabilidad de su alianza, etc. El proletariado debe, en segundo lugar, después de su victoria, aprovechar estas vacilaciones de la pequeña burguesía para neutralizarla, para impedir que se ponga de parte de los explotadores; debe saber mantenerse cierto tiempo a despecho de esas vacilaciones, etc., etc.
  • Una de las condiciones precisas para que el proletariado pueda prepararse para su victoria es la lucha prolongada, tenaz e implacable contra el oportunismo, contra el reformismo, contra el socialchovinismo y demás influencias y corrientes burguesas, inevitables por cuanto el proletariado actúa en un ambiente capitalista. Si no se libra esa lucha, si no se consigue previamente una victoria total sobre el oportunismo en el movimiento obrero, no cabe ni hablar siquiera de dictadura del proletariado. El bolchevismo no habría derrotado a la burguesía en 1917-1919 sí no hubiese aprendido antes -de 1903 a 1917- a derrotar y a expulsar implacablemente del partido de la vanguardia proletaria a los mencheviques, es decir, a los oportunistas, a los reformistas, a los socialchovinistas.
      Y cuando hoy los líderes de los “independientes” alemanes o los longuetistas

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    franceses y otros por el estilo, que de hecho siguen su vieja y habitual política de concesiones y concesioncillas al oportunismo, de transigencias con él, de servilismo rastrero ante los prejuicios de la democracia burguesa (o, como ellos la llaman, “democracia consecuente” o “democracia pura”), del parlamentarismo burgués, etc., reconocen verbalmente la dictadura del proletariado, se engañan muy peligrosamente a sí mismos o engañan simplemente a los obreros.
Notas:
76 Se refiere a la represión por la burguesía reaccionaria finesa de la revolución proletaria en Finlandia iniciada a mediados de enero de 1918 en las regiones industriales del Sur del país. El 15 (28) de enero la guardia roja finlandesa ocupó Helsingfors, capital de Finlandia; el gobierno reaccionario de Svinhufvud fue derribado. El poder pasó a manos de los obreros que formaron un gobierno revolucionario: el Consejo de Comisarios del Pueblo. Por su carácter la revolución en Finlandia era socialista, aunque el gobierno revolucionario al comienzo de la lucha no tenía un claro programa socialista y concentró la atención principalmente en el cumplimiento de las tareas de la revolución democrática burguesa. Las medidas más importantes que adoptó el gobierno obrero fueron: la aprobación de una ley sobre la entrega sin indemnización y en plena propiedad a los campesinos sin tierra de las parcelas que cultivaban, la exención de las capas pobres de la población de todos los impuestos, la expropiación de las empresas pertenecientes a los industriales que habían huido, la implantación del control del Estado sobre los bancos privados (sus funciones fueron traspasadas al Banco del Estado) y otras. 
 
Pero la revolución proletaria triunfó solamente en las ciudades y localidades rurales del Sur de Finlandia. El gobierno de Svinhufvud, haciéndose fuerte en el Norte del país, pidió auxilio al gobierno del káiser alemán. Como resultado de la intervención de las fuerzas armadas alemanas y después de una encarnizada guerra civil la revolución en Finlandia fue aplastada en mayo de 1918. 
 
77 Longuetistas: partidarios de la minoría del Partido Socialista Francés, encabezada por Juan Longuet. Durante la guerra imperialista mundial de 1914-1918 los longuetistas ocuparon una posición centrista y aplicaron una política conciliadora respecto a los socialchovinistas; rechazaban la lucha revolucionaria y apoyaban la “defensa de la patria” en la guerra imperialista. Después del triunfo de la Revolución Socialista de Octubre los longuetistas se proclamaron de palabra partidarios de la dictadura del proletariado, pero de hecho continuaban siendo contrarios a ella.
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